Criaturas (versión blog, ampliada)
Comparto aquí, modificado y ampliado, el texto publicado en El
Diario de la Educación el pasado miércoles 8 de abril.
Alerta de espóiler: en esta entrada se desvela una escena fundamental de la novela Niebla, publicada en 1914.
Empecé la clase preguntando a mis alumnos y alumnas a quién acudirían ellos en caso de sentirse tan desolados por la tristeza y el desamor que hubieran dejado de verle sentido incluso a la propia vida. A mamá, dijo el primer chico que se atrevió a alzar la voz. Era una de las respuestas esperables, aunque me sorprendió la fórmula precisa. No dijo a mi madre, ni a mi mamá, y la ausencia de ese posesivo me pareció elocuente. Mamá es una entidad universal a la que acudir cuando el mundo dentro de ti se pone feo y espeso.
La segunda respuesta me extrañó más, pues no podía comprender que mi alumna, durante su hipotética crisis, quisiera acudir precisamente a un desastroso personaje de La que se avecina, cutre y xenófobo. En seguida me explicaron que ese Antonio no era el personaje de ficción, sino su profesor de Matemáticas. Me entraron muchísimas ganas de asistir a alguna de las clases de ese maestro tan valorado, al que nunca he visto en la sala de profesores, ni en la cafetería del instituto, ni en una junta de evaluación. Mi percepción de él (hola y adiós escuetos en fugaces cruces de pasillos) se vio aguijoneada por la percepción que de la misma persona tienen mis alumnos. Nos sabemos multifacéticos, pero cuántas veces olvidamos lo poliédricos que son los demás. Ninguna mirada es del todo imparcial.
En tercer lugar, alguien dijo que acudiría a la IA. Y nadie se rio.
Una madre, un docente, una herramienta.
Toda esta conversación era un diálogo previo para introducir la escena de Niebla en la que el protagonista, Augusto, desesperado por sus sufrimientos, decide buscar ayuda, pues está a punto de suicidarse. La genialidad de Unamuno es que hace que su personaje acuda precisamente a su despacho de Salamanca. Allí el escritor le desvela a Augusto que no puede suicidarse, pues no está vivo (ni muerto), sino que es tan solo un ente de ficción creado por él. El futuro de Augusto, así como su pasado y su presente, están en manos de don Miguel, que parece regodearse en el poder que ostenta y en su capacidad para impedir o provocar la muerte del pobre antihéroe.
¿Os imagináis —les digo— que vuestra madre, vuestro profesor de Matemáticas o la IA os respondiesen que no existís, que sois tan solo una creación suya?
No, responden. No lo pueden imaginar.
¿Somos dueños de nuestras vidas? La pregunta queda flotando en el aire y retomamos la lectura, mientras alguien, en voz baja, leyendo las intenciones de Unamuno, alude a Dios.
Trágicamente, esta sesión de clase coincidió con la noticia del último recurso
del padre de Noelia Castillo para evitar que a la joven le fuera aplicada la
eutanasia.
¿Quién puede decidir sobre nuestra vida y sobre nuestra muerte?, volvemos a preguntarnos.
En la novela, reflejando la crisis de fe del propio Unamuno (Creador=escritor, Creador=Dios), el episodio continúa con otro giro inesperado, pues tras reponerse del primer impacto, Augusto se rebela ante su creador: tal vez, viene a decirle, es usted el que no exista, tal vez soy yo el que lo ha creado a mi imagen y semejanza. Igual que don Quijote ha llegado a ser casi más real que el propio Cervantes, tal vez usted, que dice ser quien me ha dado vida, no es más que un pretexto para que mi historia llegue al mundo.
El pasaje es una proeza literaria y mis alumnos, desconcertados, continúan con el paralelismo y fabulan con lo que supondría rebelarse contra sus madres, sus profesores o contra la IA. Si se trata de rebeliones, podemos recordar decenas de libros y películas, pero negar la propia existencia de quien nos oprime les parecen palabras mayores.
En cualquier caso y por muy reales que sean para nosotros nuestros más queridos personajes, lo cierto es que no existe una tumba para los restos de Augusto, y su historia en Niebla nos la contó Miguel de Unamuno, quien no permitió que el personaje se suicidara pero lo hizo morir “dejando de soñarlo”. El autor no trató a su criatura con especial simpatía y la imagen que el lector obtiene de él, a partir del libro, probablemente no despertará su admiración. Les pregunto entonces a mis alumnos qué pasará cuando la IA cuente nuestra historia, cuánto es el poder que le estamos otorgando para decidir sobre nuestras vidas. Cuál será el retrato que hará de sus creadores convertidos en criaturas. ¿Seremos los sapiens merecedores de admiración? ¿Quién nos leerá?
Cuando ya no estamos, siempre son otros quienes nos cuentan. Así lo confirma la cascada de ficciones —mentiras — sobre la joven que quería poner fin a su sufrimiento.
Descansa en paz, Noelia.
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