Punto de encuentro
Últimamente recuerdo a menudo a J. Aunque fuimos compañeros de clase desde los tres años, fue a los dieciséis cuando una última fila de aula nos convirtió en cómplices. Si mi memoria no falla, él tenía más amistad con algunas chicas que con ninguno de los chicos. Cuando echo la vista atrás, casi todos los alumnos se me aparecen conectados de un modo u otro; pienso en uno y detrás de su recuerdo viene el de otros dos o tres con los que aquel solía juntarse, como cuando coges del cesto una cereza que arrastra con su rabito verde a varias cerezas más. Y sin embargo, a J. –pelo negro, piel oscura, gruesas gafas para paliar su estrabismo– lo recuerdo como una isla. He olvidado el comienzo, cómo empezó a escribirse la breve historia de nuestra amistad, pero mi tercero de BUP no habría sido el que fue sin él. Éramos tan, tan opuestos, que nos divertíamos con nuestros antagonismos. Si nos encontrásemos hoy, si no nos hubiésemos conocido nunca y el azar nos colocase cerca en e...