La salamanquesa
Volvía a casa después de mi clase de pilates. Al salir del coche, por primera vez en muchas semanas, no sentí frío en el espinazo ni tuve que sortear charcos. Miré al cielo, despejado por fin, y me detuve a observar un incipiente amago de luna. Pararse así unos minutos en la penumbra de la noche sin que la espalda se contraiga aterida bajo el abrigo es uno de esos placeres que solo pueden disfrutarse la mitad del año. Por fin estábamos ahí, había llegado la primavera. Sin proponérmelo, acudieron a mi mente como una melodía las tardes largas de luz, el olor del jazmín, las noches veraniegas, las cenas al aire libre y mi querida, mi pequeña salamanquesa trepadora. Cuando vine a vivir al campo, hace ahora trece años, era incapaz de distinguir un fresno de una encina . No es que ahora sepa mucho más, pero al menos no comparo cualquier árbol con un semáforo. La primera noche que pasamos en nuestra nueva — y anciana — casa, mi pareja y yo dormimos en unas esteras tiradas en el ...