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Eterno retorno

  No sé si a ti te pasa, pero allá por el mes de enero, con la resaca brillante del espumillón, empiezo a anotar en papeles de colores ideas de trabajo para el curso que viene, cosas que se me ocurre que habrían funcionado mejor de otra manera, ejercicios adaptados a partir de una noticia, una canción que he escuchado o una película que he visto. Hacia mediados de abril, el ritmo de anotaciones es cada vez más frenético, una necesidad urgente y vital de volver a empezar, de hacerlo todo de nuevo, esta vez bien , se apodera de mí. Qué claro y despejado veo el camino cuando lo miro desde lejos. No sé si a ti te pasa, pero durante el curso apenas logro leer ensayos relacionados con mi trabajo. La didáctica se me va quedando en el estante del para después, porque m e meto en la cama cansada, con un libro al que le pido por favor que me lleve de viaje; leer sobre las aulas al salir de las aulas sería una aliteración con riesgo de insomnio. Y sin embargo, a medida que se acerca el f...

Pilar

  Se llamaba Pilar. Era pequeñita y vivaz. Apasionada de lo suyo. Cuando estudié COU no era posible cursar Latín, Griego e Historia del arte a la vez. Gloriosa coyuntura perpetrada por algún experto en planes educativos; había que descartar una. Con cierta pena renuncié al poco griego que había aprendido en un único curso, apostando por la Historia del arte al tiempo que me cambiaba de instituto y empezaba el Curso de Orientación Universitaria en el turno nocturno del IES Cervantes, por razones que no vienen al caso. Y conocí a Pilar, La Profesora de Arte. Si os estáis imaginando a Julia Roberts en La sonrisa de Mona Lisa , apartad esa imagen de vuestra mente para seguir este relato. Pilar era pequeñita y de aspecto más o menos anodino. Llevaba jerséis de punto con cuello de caja, faldas amplias de colores neutros y planas manoletinas negras. Nada que ver con los rizos y la boca más sensuales de Hollywood. Pero cuando las luces se apagaban y Pilar empezaba a explicar las d...

Tu primer recuerdo

  El otro día escuché una conversación en la que cada cual debía responder a la pregunta ¿C uál es tu primer recuerdo? “El caramelo que me compraba mi padre en la tienda de debajo de casa”. “Las estrellas que pintaba en un bloc que me había regalado mi tía”. “La siesta en el cuarto de mis abuelos”. Afortunadamente, la conversación tenía lugar sobre la encimera de mi cocina y yo no tuve que responder a la pregunta; es lo bueno que tiene el transistor, que no tienes que implicarte demasiado si no quieres (sí, ya sé que puedo escuchar la radio en el móvil, pero en esto soy un señor antiguo y voy de un lado a otro de la casa con mi transistor, que me ofrece un abanico de tentaciones mucho más limitado que el smartphone ).  Cada vez que surge esa pregunta en una conversación, me tiemblan un poco las pantorrillas como si fuese a examinarme por sexta vez del carné de conducir. O más bien, como si el tribunal de oposición se dirigiera a mí con la voz del doblador de Robert de Niro: ¿...