El valle de la inquietud
Como voy con mascarilla, salgo al exterior para tomarme el té de media mañana. Una alumna me pregunta si puede hacerme compañía (el amigo con quien suele pasar los recreos está ahora con la orientadora del centro). Le explico que no quiero contargiarla, pero insiste y no encuentro manera de disuadirla sin que parezca que la rechazo. Opto por ensayar una nueva modalidad de ingestión de té que consiste en no abrir la boca. Y está muy bien esto de que los profesores mantengamos la boca cerrada durante un rato y pongamos toda nuestra energía en escuchar. Porque aprovechando mi silencio de bebida británica, ella habla. Y cuanto más dice, menos se escucha la algarabía que alrededor infusiona cada patio de cada instituto. Esta chica, que mantiene una discreta presencia en el aula, está abriéndose paso a palabrazos como quien se abre camino entre la floresta de la selva. Y cada palabra aparece ante mí con la fuerza del machete que no hiere sino despeja el camino. Todo eso que sabe, ¿de dó...