El valle de la inquietud
Como voy con mascarilla, salgo al exterior para tomarme el té de media mañana. Una alumna me pregunta si puede hacerme compañía (el amigo con quien suele pasar los recreos está ahora con la orientadora del centro). Le explico que no quiero contargiarla, pero insiste y no encuentro manera de disuadirla sin que parezca que la rechazo. Opto por ensayar una nueva modalidad de ingestión de té que consiste en no abrir la boca. Y está muy bien esto de que los profesores mantengamos la boca cerrada durante un rato y pongamos toda nuestra energía en escuchar. Porque aprovechando mi silencio de bebida británica, ella habla. Y cuanto más dice, menos se escucha la algarabía que alrededor infusiona cada patio de cada instituto. Esta chica, que mantiene una discreta presencia en el aula, está abriéndose paso a palabrazos como quien se abre camino entre la floresta de la selva. Y cada palabra aparece ante mí con la fuerza del machete que no hiere sino despeja el camino. Todo eso que sabe, ¿de dónde lo ha sacado? Al recordarlo, al verla avanzar, me doy cuenta de que un rato antes, releyendo anotaciones mías en un cuaderno antiguo, me había topado con el concepto «el camino del deseo». Si yo escribiera poesía erótica, no quedaba aquí mucho que aclarar. Pero era el cuaderno que llevé a un congreso sobre didáctica de la lengua, muy inspirador pero poco sensual. A estas horas sigo sin saber qué pudo contar el ponente al que escuché dos años atrás para que yo anotase ese concepto, que esta mañana busqué en la jungla de internet en cuanto me di de bruces con él: «También llamado línea de deseo, es un sendero informal formado por el tránsito repetido de personas o animales. Suele aparecer por erosión del suelo o desgaste de la vegetación, y por lo general indica la ruta más corta o más fácil entre dos puntos». Seguramente tú ya lo sabías y estás pensando que a veces los conceptos son más poéticos que sus definiciones.
Pero volvamos, atajando, al deambular frondoso y solo en apariencia errático de mi alumna, que transita desde las historias de terror hasta algo a lo que llama, para mi sorpresa, «el valle de la inquietud». Y entonces rabio porque esa expresión que no había oído en mi vida acaba de atraparme como si hubiese caído en una trampa colgada de un árbol, justo en el momento en que suena ─maldita─ la música que indica el final del recreo. Le pido a mi alumna que me explique de forma breve (un par de machetazos contundentes, por favor) de qué demonios me está hablando. Y lo hace, vaya que si lo hace (domina la técnica exploradora del lenguaje más de lo que cree). Tal vez tú, si sabías lo del camino del deseo, también estás al tanto de este otro sintagma fantasmagórico; para mí ha sido un regalo de final de semana, una de esas golosinas que una se guarda en el bolsillo para disfrutarla con calma más adelante.
Horas después, en casa, intento ampliar información sobre ese concepto y tecleo. Vaya, me encuentro con que «El valle de la inquietud» es en realidad un tristísimo poema de Edgar Allan Poe (lo enlazaría aquí pero sin duda nos apartaríamos de la línea del deseo de este texto, qué maravilloso es también perderse a veces).
Desenredo los tallos de mi confusión y encuentro entre la maleza «el valle inquietante», ese concepto que tan bien conocía mi alumna y que habla de la zona psíquica de repulsión que experimentamos al observar un androide con rasgos antropomórficos, justo en el límite de lo indistinguible de un ser humano. Si, como yo, nunca habías oído hablar de esto, tal vez estés pensando en las moderneces que los adolescentes aprenden en tiktok. Pero lo cierto es que el concepto lo acuñó un experto en robótica en 1970.
Resignada por la campana, le doy las gracias a mi alumna por la conversación y la animo a que vaya rápido a clase, por el camino más corto, no vaya a llegar tarde; por mi parte, corro hacia el departamento, donde me espera una reunión en la que mis compañeros y yo (todos humanos hasta donde yo sé) tenemos que vérnoslas con unas instrucciones diabólicas del servicio de inspección, probablemente diseñadas por un androide antropomórfico, que se ha empeñado en que asignemos un porcentaje a cada pedacito de aprendizaje que logremos observar (¿o inocular?) en los cerebros (por lo visto compartimentados) de nuestras máquinas, perdón, alumnos. Se espera de nosotros que descuarticemos la materia y coloquemos cada víscera competencial en la ajustada celda de un paisaje excel formado por un total aproximado de tres mil datos trimestrales. Quizás cuando terminemos de hacerlo, ni nuestros alumnos ni nosotros seremos del todo humanos. Quizás ningún mandamás haya recorrido la zona psíquica de esta repulsión. Quizás ─se me ocurre mientras escribo─ si alguno de ellos llega a leer esto me sancionará sin empleo y sueldo o me castigará sin recreo durante una mensualidad (el camino del miedo también coloniza a ratos mi territorio mental). Lo más penoso, sin duda, sería perderme conversaciones tan frondosas como la que hoy me ha regalado mi alumna, aprovechando que yo me he callado un rato. Esto no estaba en la programación.
En fin, tal vez pienses que doy demasiados rodeos y que toda esta alegoría está cogida por los pelos (o las hebras sintéticas que ocultan la calvicie de un robot). Pero es que esta hondonada a la que nos empujan me produce muchísima inquietud. Tanta, que es viernes por la noche y habría sido mucho más suculento dedicarme a recorrer con los dedos mi propia línea del deseo, pero al parecer hoy el camino más corto hacia la cama es ponerle palabras o machetazos a esta jungla educativa por la que camino a tientas.
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