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Pilar

  Se llamaba Pilar. Era pequeñita y vivaz. Apasionada de lo suyo. Cuando estudié COU no era posible cursar Latín, Griego e Historia del arte a la vez. Gloriosa coyuntura perpetrada por algún experto en planes educativos; había que descartar una. Con cierta pena renuncié al poco griego que había aprendido en un único curso, apostando por la Historia del arte al tiempo que me cambiaba de instituto y empezaba el Curso de Orientación Universitaria en el turno nocturno del IES Cervantes, por razones que no vienen al caso. Y conocí a Pilar, La Profesora de Arte. Si os estáis imaginando a Julia Roberts en La sonrisa de Mona Lisa , apartad esa imagen de vuestra mente para seguir este relato. Pilar era pequeñita y de aspecto más o menos anodino. Llevaba jerséis de punto con cuello de caja, faldas amplias de colores neutros y planas manoletinas negras. Nada que ver con los rizos y la boca más sensuales de Hollywood. Pero cuando las luces se apagaban y Pilar empezaba a explicar las d...

Rima conmigo

Érase una vez una acuarela: una joven de abrigo verde sentada sobre una abollada maleta azul; la larga melena oculta su rostro. ¿La artista? Simplemente otra joven que, mientras tomaba cervezas en un bar de Lavapiés, hace ya más de veinte años, le contaba al camarero lo difícil que es ganarse la vida vendiendo acuarelas. Un buen día, el camarero, supongo que movido por la empatía de los hosteleros más compasivos, decidió comprar una de sus obras. De entre todas las que vio, escogió la de una joven triste de rostro oculto sobre una maleta cian. Y se la regaló a su novia. Aquí es donde entro yo en el relato. La pintura hablaba casi en un susurro, no me era fácil saber lo que me contaba. Pero era delicada. Triste y sensible como un secreto.  La colgamos en mi lado de la habitación, es decir, el lado de mis sueños. Supongo que toda pareja reparte los hemisferios de un dormitorio guiada por el espacio desde el que cada uno encara la noche. Ciertos meses después, el cuadro viajaba en una...