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Mostrando las entradas etiquetadas como infancia

Kira

  El verano siempre es un buen momento para volver a Gerald Durrell y sus aventuras en Corfú. Leo sus anécdotas infantiles, sus escapadas nocturnas para pescar diminutos ejemplares marinos que encerrará en frascos de observación, sus paseos entre olivos a lomos de una burra que le han regalado por su cumpleaños… y su vida se me presenta como las vacaciones perfectas. Pero Gerry no está de vacaciones. Tiene un profesor particular, Teodoro, decidido a que el niño aprenda cuanto sea posible. Como sabe que solo en plena naturaleza es capaz de interesarse por sus explicaciones, se lo lleva a la playa o al bosque para dar allí sus lecciones, buscando siempre una roca, una planta o un animal que sirvan para ejemplificar cualquier concepto nuevo. Me muero de envidia y pienso: yo también habría querido un Teodoro. Entonces, como brotada del último puntal de una raíz muy vieja, aparece en mi memoria Kira. No había vuelto a pensar en ella en todos estos años. Y me asombra la ingratitud de mi...

Así lo recuerdo yo

  Todos los años organizábamos, hacia el final de curso, una fiesta dentro del aula. Las chicas montábamos algún baile; los chicos supongo que ideaban algún otro entretenimiento que no recuerdo. Escuchábamos música y tomábamos refrescos y gusanitos antes de irnos de vacaciones. En todos los recreos previos nos dedicábamos a preparar y ensayar la gran fiesta. Así lo recuerdo yo. Yo tenía once años y no era precisamente una de las niñas populares de la clase. Miraba a las que sí lo eran con una suerte de displicencia que ─ ahora lo sé ─ solamente escondía celos. Ese año, sin embargo, algunas de las nopopulares tuvimos la idea de preparar un baile especial. Lo era porque convencimos a los chicos para que bailaran con nosotras en un trepidante playback de America , de West Side Story . Como dirían ahora, estábamos todos dentrísimo. Tanto nos metimos en el papel, tanto nos empoderamos con aquel baile, que llevábamos a nuestros compañeros de un lado a otro del escenario agarrándolos ...

Vacaciones perfectas

Son ocho alumnos y una alumna de 2º de ESO. Arrastran un fracaso escolar digno de mejor nombre. Les pido que describan sus vacaciones perfectas con unas pocas condiciones: pueden teletransportarse y no hay límite de dinero. Les digo esto porque me da miedo que sus vacaciones perfectas consistan en estar encerrados en su habitación jugando a la Play. Además, deben escribir el texto en futuro; ejemplifico en la pizarra: iré, haré… Lo primero que me llama la atención es su resistencia a encajar esto último. La mayoría se agarran al condicional ─ irían, harían ─ ; supongo que a todos nos cuesta creer que lograremos las vacaciones perfectas. Pero a unos más a que a otros. Les insisto para que corrijan el tiempo verbal: quiero que se visualicen en la mejor de sus semanas santas con la contundencia de los hechos. No se me ocurre nada , repiten durante los primeros minutos. Pero después escriben. Y sus textos me dejan un sabor agridulce horas antes de hacer mis propias maletas. Hay inesperada...

Tu primer recuerdo

  El otro día escuché una conversación en la que cada cual debía responder a la pregunta ¿C uál es tu primer recuerdo? “El caramelo que me compraba mi padre en la tienda de debajo de casa”. “Las estrellas que pintaba en un bloc que me había regalado mi tía”. “La siesta en el cuarto de mis abuelos”. Afortunadamente, la conversación tenía lugar sobre la encimera de mi cocina y yo no tuve que responder a la pregunta; es lo bueno que tiene el transistor, que no tienes que implicarte demasiado si no quieres (sí, ya sé que puedo escuchar la radio en el móvil, pero en esto soy un señor antiguo y voy de un lado a otro de la casa con mi transistor, que me ofrece un abanico de tentaciones mucho más limitado que el smartphone ).  Cada vez que surge esa pregunta en una conversación, me tiemblan un poco las pantorrillas como si fuese a examinarme por sexta vez del carné de conducir. O más bien, como si el tribunal de oposición se dirigiera a mí con la voz del doblador de Robert de Niro: ¿...

Ni siquiera tienes nombre

  Yo no quería ir a aquella boda. Odiaba la ropa que tenía que ponerme y, sobre todo, el lazo. No conocía a los novios ni a ningún miembro de su familia. Pero no podía elegir. Es lo que tiene no haber cumplido aún los diez años. Mi hermano era demasiado mayor para jugar conmigo, así que me esperaba un día aburrido hasta la angustia entre tacones y corbatas. El lazo, mustio, me picaba en la cabeza. Pero sucedió la magia: aparte del lazo, mi único recuerdo de aquel día es una niña de tez tostada que emergió, aburrida y sola como yo, de alguna mesa familiar con apellidos distintos a los míos. Puede que lo nuestro fuera un flechazo o simplemente la única salida, pero lo cierto es que después de saludarnos, el mundo desapareció a nuestro alrededor. Ahora es cuando sonreís un poquito condescendientes, porque ya se sabe que los críos acaban juntándose a jugar en cualquier circunstancia (¿a qué edad dejamos de hacer eso?) Pero no me banalicéis la memoria de aquella niña, por favor. Por...

No olía a sudor

  Cuando era una preadolescente, enloquecí, como tantas otras antes y  a la vez que yo, por un grupo musical. Digamos que se llamaba Chicos J, por ejemplo. La mayoría de mis compañeras soñaban con el vocalista (aunque no conociéramos esa palabra); pero yo, que ya daba muestras de necesitar diferenciarme (prometo mirármelo), me enamoré del guitarrista. Llevaba los pelos de punta y era el mayor de todos con diferencia, pero fijarme en el que más años me sacaba era otra seña de identidad. Por aquel entonces veraneábamos en un pueblo de la sierra madrileña. Yo todavía no tenía edad para trasnochar y en aquella ocasión, rara entre las raras, mis padres habían salido juntos a cenar. Supongo que mi hermano se quedó a mi cargo, no lo recuerdo. Lo que sí recuerdo es que estaba profundamente dormida cuando mis padres entraron en mi habitación. Debía de ser algo grave para que me despertasen, pero el caso es que sonreían uno al lado del otro como si posaran para una foto. Hija, h...