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Breve apunte vergonzoso para una noche de Halloween

Una noche como esta, hará un par de años, sonó el timbre de mi casa. En el pequeño barrio del pequeño pueblo en que vivo, no son habituales las visitas otoñales a la hora de la cena. Por supuesto, en un segundo, recordé: Halloween. No entraré ahora en la cansina batalla entre los fans de esta noche de terror y los ultrapuristas que la detestan por su origen extranjero. La cuestión es que rara vez la tengo presente con la suficiente antelación como para hacer acopio de dulces para los niños que aparecen esa noche en la fría soledad de mi pequeño barrio. Algún año he llegado a apagar todas las luces para hacerles creer que no había nadie en casa, tal era la vergüenza que me daba recibirlos con las manos vacías. Me veía a mí misma como Helena Bonham Carter en Big fish , como la horrible bruja de cuento que solo alimenta a los gatos callejeros y farfulla palabrotas cuello adentro. Esta vez, sin embargo, no podía esconderme: sin duda los críos habían visto la bombilla encendida antes de ...

Un recuerdo imborrable

Solo: adverbio. Solamente, únicamente. Solo/a: adjetivo. Solitario, aislado, desvalido o desamparado. En un libro sobre escritura creativa para adolescentes, me encuentro, entre otras propuestas, la sugerencia de escribir sobre un recuerdo imborrable como modo de desbloqueo de la creatividad. Pienso en cuál es el recuerdo que yo escogería. No, ese no. Pero la idea vuelve, cedo, me pongo manos a la obra. Tras la primera línea, borro. Verlo escrito me araña. Existen palabras que caen a plomo sobre el papel, palabras-náusea, palabras-costra. En aquel entonces (yo tenía unos once o doce años cuando comenzó), nadie hubiera adivinado en mí el trazo de lo imborrable. Pensamos que los niños siempre dicen la verdad, que son transparentes, pero lo cierto es que algunos, en la infancia, hemos sido expertos en camuflaje. Un perfecto disfraz consiste en sacar buenas notas en el colegio. Obedecer, portarse bien. Si no alteras a nadie, si cumples con la parte que te han asignado en el contrato ...

El valle de la inquietud

 Como voy con mascarilla, salgo al exterior para tomarme el té de media mañana. Una alumna me pregunta si puede hacerme compañía (el amigo con quien suele pasar los recreos está ahora con la orientadora del centro). Le explico que no quiero contargiarla, pero insiste y no encuentro manera de disuadirla sin que parezca que la rechazo. Opto por ensayar una nueva modalidad de ingestión de té que consiste en no abrir la boca. Y está muy bien esto de que los profesores mantengamos la boca cerrada durante un rato y pongamos toda nuestra energía en escuchar. Porque aprovechando mi silencio de bebida británica, ella habla. Y cuanto más dice, menos se escucha la algarabía que alrededor infusiona cada patio de cada instituto. Esta chica, que mantiene una discreta presencia en el aula, está abriéndose paso a palabrazos como quien se abre camino entre la floresta de la selva. Y cada palabra aparece ante mí con la fuerza del machete que no hiere sino despeja el camino. Todo eso que sabe, ¿de dó...

¿Te agrado?

  Hace algunos años, en un curso sobre resolución de conflictos, la ponente comenzó planteándonos el siguiente problema:      Tienes una hija de seis años; hoy ha ido al colegio con el vestido amarillo que le compraste tras    habértelo pedido con insistencia. Vuelve de la escuela y te confiesa que no quiere volver a ponérselo nunca más. ¿La causa? A su mejor amiga no le gusta; de hecho, le parece un vestido horrendo. ¿Qué hacéis? , nos preguntó. Todas las asistentes (si mal no recuerdo, éramos todas sin excepción maestras y profesoras) resolvimos aquello casi como un trámite, con variantes de la misma idea: había que hacerle ver a la cría que no debía importarle lo que su amiga opinara de su vestido, debía ponérselo si ella quería ( ya, pero es que ella ahora ya no quiere ). Insistiríamos si fuese necesario, hasta lograr que se quitara de la cabeza esa absurda idea de querer agradar a su amiga y accediese a volver a ponerse su lindo vest...

Ver

  Habíamos sacado los billetes de avión para ese día, justamente. Digamos que no lo vimos , no nos dimos cuenta. Así que cuando todo el mundo se disponía a disfrutar del eclipse total en España, yo estaba aterrizando en una isla remota muy parecida al paraíso. Por razones que no vienen al caso, el eclipse parcial nos cogió, sin embargo, en un descampado con funciones de aparcamiento, con una amiga que casualmente también había llegado allí ese día. Nuestro inicio del viaje ya había sido medio tonto, pues nada más llegar nos pusieron una multa. Estacionamos el coche correctamente frente al hotel y sacamos el correspondiente tique en la máquina de marras, pero dejamos el papelito bocabajo sobre el salpicadero, de modo que el agente de movilidad de turno que pasó por esa calle durante la media hora escasa que estuvo el vehículo allí, al verlo (al no verlo , más bien) debió de pensar que éramos idiotas o que le tomábamos por idiota a él. Sea como sea, cogimos el coche de nuevo (y la...

Presente continuo

  A Rocío Nos escribirán... o algo, ¿no? Y sé perfectamente a quiénes y a qué se refiere. Yo llevo días haciéndome la misma pregunta sin atreverme a compartirla con nadie. El miedo al ridículo es tan libre como cualquier otro. Esta tarde, mientras intentaba ganar masa muscular (el gimnasio ha entrado en mi vida por la puerta sorpresa de la menopausia), me ha saltado una canción que no esperaba en una playlist de temas variopintos. Hacía años que no la escuchaba y he tenido que parar en seco, porque hay cosas que no se pueden escuchar mientras una intenta imitar a B ruce L ee . Después, en casa, me he puesto el disco entero: La palabra en el aire , de Pedro Guerra y Ángel González (sí, el poeta). Si no lo has escuchado nunca… Uf. Eso sí, no lo escuches mientras preparas una paella o atraviesas la Gran Vía, por favor. Espera a que la casa y tu cabeza estén en silencio, ponte cómodo, solamente escucha. *** Dicen que si el alumno no supera al maestro, ni es bueno el alumno ni es ...

La ballena

 Anoche volví a tener una pesadilla. Esta vez había regresado a la ciudad después de un viaje por el extranjero, pero por alguna razón había retrasado el momento de contactar con mi madre. Un “ya estoy de vuelta” impronunciado. O tal vez era tan simple como encaminarme hacia el hogar familiar porque quizá era de nuevo una adolescente. En ese caso ella debía de estar esperándome preocupada. No lo sé. La cuestión es que mi yo soñado tomaba conciencia de que hacía demasiados días que no sabía nada de ella. En mi mente todo era confusión, no sabía si llevaba tiempo sin llamarme o era de mí de quien se esperaba que hiciese la llamada. Pero yo había regresado. Y ella, ¿dónde estaba? Entonces empezaba a preguntar, desesperada, a mis amigas del colegio, porque ellas la conocían, nuestro barrio era pequeño. ¿Habéis visto a mi madre últimamente? En algún momento tomaba la determinación de ir a su casa (¿a nuestra casa?); allí la encontraría. No me importaba caminar un largo rato hasta llegar...