Entradas

Se nos escapa

  Lo conocí cuando estaba a punto de cumplir dieciséis años. Su aspecto, sin embargo, era aún el de un niño que todavía no elige su propia ropa. Me correspondía ser su tutora, así que enseguida se me informó de su déficit de atención. En su caso, a diferencia de otros, el trastorno no iba asociado a la hiperactividad; al contrario, se quedaba absorto con la mirada fija en cualquier  no lugar,  donde probablemente se encontraba con algún territorio de su mundo interior mucho más interesante para él que cualquier cosa que yo pudiera contarle. A medida que nos íbamos conociendo, me parecía muy probable que hubiese algo más no diagnosticado, pero no tengo ningún título médico ni soy licenciada en psicología. Muy pronto me dijo que le interesaba el universo. Poco después, en la clase de Lengua, les propuse un proyecto que consistía en un diario de viajes en el tiempo. La primera parte de este trabajo implicaba inventar a un  alter ego , un  otro  al que darían v...

Rigoberto

Entró en el aula un poquito tarde (solo un poquito) apoyándose en una muleta. Le di la bienvenida con esa sonrisa tonta que se nos pone a algunos el primer día de clase, como si quisiéramos empaquetar con los labios la mejor de las expectativas para el curso que empieza.  Le dije algo así como: Vaya, veo que estás lesionado. Espero que no sea grave.  Un poco , me respondió.  No sé si alguna vez te has parado a pensar en el abismo del un : ¿Poco grave? ¿O un poco grave? pregunté sin retirar el estúpido empaquetado bucal, dudando de si el chico manejaba con soltura el idioma. Bueno, confío en que sea poco (el resto del grupo, que no conocía a este alumno porque era nuevo en el centro, parecía esperar que yo continuara con la consabida presentación de cada septiembre, así que yo intentaba retomar el hilo pasando por encima de la muleta y de la respuesta del niño, en perfecto castellano). Por fin Rigoberto, avanzando lentamente, tomó asiento. En la primera fila.  Hace...

Punto de encuentro

  Últimamente recuerdo a menudo a J. Aunque fuimos compañeros de clase desde los tres años, fue a los dieciséis cuando una última fila de aula nos convirtió en cómplices. Si mi memoria no falla, él  tenía más amistad con algunas chicas que con ninguno de los chicos. Cuando echo la vista atrás, casi todos los alumnos se me aparecen conectados de un modo u otro; pienso en uno y detrás de su recuerdo viene el de otros dos o tres con los que aquel solía juntarse, como cuando coges del cesto una cereza que arrastra con su rabito verde a varias cerezas más. Y sin embargo, a J. –pelo negro, piel oscura, gruesas gafas para paliar su estrabismo– lo recuerdo como una isla.  He olvidado el comienzo, cómo empezó a escribirse la breve historia de nuestra amistad, pero mi tercero de BUP no habría sido el que fue sin él. Éramos tan, tan opuestos, que nos divertíamos con nuestros antagonismos. Si nos encontrásemos hoy, si no nos hubiésemos conocido nunca y el azar nos colocase cerca en e...

Escondido en la palabra

  Estamos aprendiendo elementos compositivos cultos un viernes antes del recreo. Traigo una lista ordenada alfabéticamente, para que vean, entre otras cosas, que anfi significa ambos y por eso el anfiteatro viene a ser como un teatro que permite ver la escena desde ambos lados. Pues de un lado verían a los actores de espaldas, me dice I. También recordamos que bio significa vida. Por eso los anfibios son los animales que pueden vivir en ambos medios, acuático y terrestre, les digo. Entienden entonces que autobiografía sea la historia de la vida de alguien, contada por sí mismo. Haber encontrado un compuesto de tres términos les parece casi como haber topado con un trébol de cuatro hojas. Pero entonces, ¡¡las palabras no son aleatorias!!, grita J. en un aspaviento de manos que le despeina el flequillo. Cuando les pregunto qué significa antropo, su mente toma un camino errático y los lleva hasta las arañas, pero les aclaro que eso es artropodo y es ahí donde conectan a los bichitos c...

Adverbio de emoción

Tiene el pelo rizado, color de nuez, los labios gruesos, la tez canela. Tiene también, probablemente, una hiperactividad no diagnosticada. Pero en esta optativa son tan poquitos que estamos casi en familia, y las familias se cuidan (la mayoría, al menos). Su compañero le susurra algo al oído y M. salta, espontáneo como un calambre: ¡Hostiás! Digo su nombre en ese tono recriminatorio que llevamos los adultos instalado por defecto en el software vocal. Pero, profe, ¡es un adverbio de emoción! Y el invento involuntario me hace tanta gracia que me río con él, y me ablando, y el secreto deja de serlo por obra y gracia de una palabrota. El compañero susurrador me cuenta que ha gastado una suma descomunal de dinero de su padre, realizando por error una compra on line de un artilugio inútil. (¡Hostiás! , pienso, haciendo uso de mi software silenciador). La historia es tan inverosímil que aparto a un lado sus cuadernos de trabajo para poner, en medio, todo mi escepticismo sobre la mesa. Mient...

Lo que queda de algunos días

  Yo estaba enamorada de Él. Poco me importaba que fuese un adulto y yo no hubiese acabado el BUP. Me fascinaba escucharle, y Él lo sabía. Le gustaba gustar, incluso a crías de dieciséis años. Yo estaba convencida de tener un lugar especial dentro de su territorio emocional. Después de explicarnos la Segunda Guerra Mundial, nos recomendó una película: Lo que queda del día , que acababan de estrenar. Por supuesto, yo nunca había ido al cine sola por aquel entonces. Ir al cine había sido un evento familiar precioso que ya casi nunca hacía con mi familia; con mis amigas, de vez en cuando, se convertía en una ocasión excepcional, pero no las iba a convencer para ir a ver un drama sobrio sobre los dilemas éticos de un mayordomo en los años treinta. Sin embargo, nada me impedía ir a mí, yo sola, esa misma tarde (cómo son las urgencias pasionales, ¿verdad?). Coger el autobús que me dejaba en el centro, a dos minutos de la sala en la que la proyectaban. Volver a casa pensando en lo que...

Ecos

  I Estoy en un concierto. De pronto, sin saber de dónde sale, una comitiva de lágrimas se me arremolina en ese extraño ecosistema que son los párpados. Por no saber, tampoco sé por qué intento detenerlas. Qué pudor nos dan algunas especies de llanto cuando hay testigos. Pero la comitiva empuja con la fuerza de una protesta civil, incívica. Amenaza con quemar los contenedores, dos ojos fijos en el escenario en el que el cantante sigue asegurando que “un día estas cosas son cosas pasadas, llenando la memoria como cajas (...) Un día miramos y acaso reímos, pensando en lo que ha sido y lo que fuimos (...) Un día volvemos aquí donde estamos y todo lo importante lo encontramos”. Se trata de un concierto doble, en realidad. El artista que más me interesaba —por el que realmente estoy aquí y al que sigo como una grupi tarada y feliz —ya ha actuado. Hace un rato que se ha despedido. Este que canta ahora también me gusta, pero seamos honestos: hace un siglo que no escuchaba sus ca...