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Aplausos

  Este año se cumplen veinte desde que empecé a trabajar en la escuela pública. Anteriormente había sido profesora en un prestigioso colegio privado; aún recuerdo a aquella alumna que en septiembre, muy compungida, me explicó que no podía traer las tareas de verano porque se le había hundido el yate. Tener un yate era algo que no había entrado jamás en la esfera de mi mundo familiar, social. Se nos ha hundido el yate era un predicado que solo podía envolver a otros. En 2006 me presenté a las oposiciones y empecé a trabajar en el sistema público. Mi primer destino fue un barrio obrero, conocido (y difamado) por su conflictividad. En mi primer día me explicaron que debía prestar especial atención a una de las alumnas de mi tutoría, pues aunque ya no vivía debajo del puente, seguía siendo muy vulnerable. Ya no vivía debajo de l puente era algo que, por supuesto, tampoco había entrado jamás en la esfera de mi mundo más cercano; ese predicado imposible atravesaba a otros. Aunque ...

Incendios

 Lo conocí en segundo de ESO. En seguida sepultó la imagen que sus rasgos dulces producían bajo un bufido hostil. No era de extrañar, pues lo había confundido con una niña. A lo largo del curso, comprobé que seguía enfadado, no solo conmigo, sino con el universo entero. Yo no era la primera en cometer aquel error, ni sería la última. Él era inteligente, capaz, pero se empeñaba en boicotearse con una violencia que asustaba. Cualquier ocasión propiciaba un desencuentro, cualquier actividad propuesta acababa en un papel vacío con apenas la huella de su nombre. Mis intentos por moverlo de ese lugar en ruinas fueron torpes, estériles. Aquel grupo lo componían también otras islas y playas con fuerte marejada, y resultaba difícil nadar ahí sin hacerse daño. Salí del agua en el mes de junio, con la ropa mojada por el peso de la culpa y el alivio de no haberme ahogado. Él, por su parte, se había esforzado tanto en destruirse que tuvo que repetir curso; el primer día de clase me dejó muy cla...

25 de febrero

Este miércoles 25 de febrero mi madre habría cumplido ochenta años. Intento imaginarla con el cuerpo frágil de una anciana, pero no logro encontrarla en esa vejez simulada.   El 28 de diciembre ─día de los Santos Inocentes─ recibí una extraña notificación de Google: “Tu cuenta no se ha usado en un periodo de dos años. Si quieres conservarla, inicia sesión en ella antes del 29 de enero de 2026. Para proteger la privacidad de los usuarios y los datos de las cuentas, Google eliminará las cuentas que no se utilicen”. Lo primero que me sorprende es que la cuenta a la que se refiere no es mía, sino de mi madre, que falleció en noviembre de 2013. No recuerdo haber entrado nunca en su correo. Quién ha podido hacerlo en los últimos dos años es algo que no acierto a comprender. Tampoco me explico que mi propia cuenta funcione como vía de seguridad para no perder acceso a la suya. En mi mano está la decisión. Me tiembla el esternón, un planeta me orbita entre pecho y espalda. La sola ide...

Se nos escapa

  Lo conocí cuando estaba a punto de cumplir dieciséis años. Su aspecto, sin embargo, era aún el de un niño que todavía no elige su propia ropa. Me correspondía ser su tutora, así que enseguida se me informó de su déficit de atención. En su caso, a diferencia de otros, el trastorno no iba asociado a la hiperactividad; al contrario, se quedaba absorto con la mirada fija en cualquier  no lugar,  donde probablemente se encontraba con algún territorio de su mundo interior mucho más interesante para él que cualquier cosa que yo pudiera contarle. A medida que nos íbamos conociendo, me parecía muy probable que hubiese algo más no diagnosticado, pero no tengo ningún título médico ni soy licenciada en psicología. Muy pronto me dijo que le interesaba el universo. Poco después, en la clase de Lengua, les propuse un proyecto que consistía en un diario de viajes en el tiempo. La primera parte de este trabajo implicaba inventar a un  alter ego , un  otro  al que darían v...

Rigoberto

Entró en el aula un poquito tarde (solo un poquito) apoyándose en una muleta. Le di la bienvenida con esa sonrisa tonta que se nos pone a algunos el primer día de clase, como si quisiéramos empaquetar con los labios la mejor de las expectativas para el curso que empieza.  Le dije algo así como: Vaya, veo que estás lesionado. Espero que no sea grave.  Un poco , me respondió.  No sé si alguna vez te has parado a pensar en el abismo del un : ¿Poco grave? ¿O un poco grave? pregunté sin retirar el estúpido empaquetado bucal, dudando de si el chico manejaba con soltura el idioma. Bueno, confío en que sea poco (el resto del grupo, que no conocía a este alumno porque era nuevo en el centro, parecía esperar que yo continuara con la consabida presentación de cada septiembre, así que yo intentaba retomar el hilo pasando por encima de la muleta y de la respuesta del niño, en perfecto castellano). Por fin Rigoberto, avanzando lentamente, tomó asiento. En la primera fila.  Hace...

Punto de encuentro

  Últimamente recuerdo a menudo a J. Aunque fuimos compañeros de clase desde los tres años, fue a los dieciséis cuando una última fila de aula nos convirtió en cómplices. Si mi memoria no falla, él  tenía más amistad con algunas chicas que con ninguno de los chicos. Cuando echo la vista atrás, casi todos los alumnos se me aparecen conectados de un modo u otro; pienso en uno y detrás de su recuerdo viene el de otros dos o tres con los que aquel solía juntarse, como cuando coges del cesto una cereza que arrastra con su rabito verde a varias cerezas más. Y sin embargo, a J. –pelo negro, piel oscura, gruesas gafas para paliar su estrabismo– lo recuerdo como una isla.  He olvidado el comienzo, cómo empezó a escribirse la breve historia de nuestra amistad, pero mi tercero de BUP no habría sido el que fue sin él. Éramos tan, tan opuestos, que nos divertíamos con nuestros antagonismos. Si nos encontrásemos hoy, si no nos hubiésemos conocido nunca y el azar nos colocase cerca en e...

Escondido en la palabra

  Estamos aprendiendo elementos compositivos cultos un viernes antes del recreo. Traigo una lista ordenada alfabéticamente, para que vean, entre otras cosas, que anfi significa ambos y por eso el anfiteatro viene a ser como un teatro que permite ver la escena desde ambos lados. Pues de un lado verían a los actores de espaldas, me dice I. También recordamos que bio significa vida. Por eso los anfibios son los animales que pueden vivir en ambos medios, acuático y terrestre, les digo. Entienden entonces que autobiografía sea la historia de la vida de alguien, contada por sí mismo. Haber encontrado un compuesto de tres términos les parece casi como haber topado con un trébol de cuatro hojas. Pero entonces, ¡¡las palabras no son aleatorias!!, grita J. en un aspaviento de manos que le despeina el flequillo. Cuando les pregunto qué significa antropo, su mente toma un camino errático y los lleva hasta las arañas, pero les aclaro que eso es artropodo y es ahí donde conectan a los bichitos c...