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El don de la palabra

 Hace unos años, inspirándome en el libro de Estrella Montolío Cosas que pasan cuando conversamos , empecé a pedir a mis alumnos una pequeña tarea para casa. Consistía en dinamizar y observar, a partir de unas pautas determinadas, una conversación familiar en torno a la mesa de la comida o la cena. Les daba varios días para que escogieran la ocasión más propicia. Lo primero que debían lograr era que no hubiese móviles a la vista ni televisores o radios encendidas. Era importante generar un clima de escucha. Además, mis estudiantes debían lanzar alguna pregunta a la que todo el mundo pudiera responder: qué ha sido lo mejor que te ha pasado esta semana, por ejemplo. O qué cambiarías del día de hoy. Podían elegir entre las sugerencias que les hacía o pensar en otras posibilidades. Pero debían observar −entre otras cosas− si alguien acaparaba la conversación, si esta fluía o si alguno de los participantes interrumpía más que el resto (¿acaso había alguien a quien todos interrumpieran m...

Personas del verbo

  Es el mes de marzo. Lo veo en el vestíbulo del instituto, alto, corpulento, perfectamente afeitado, esperando. Conozco a este hombre desde que fui tutora de su hijo F., algunos cursos atrás. Lo saludo. ¿Cómo estás? Ahí vamos. Nos han puesto Economía, y claro . Como no entiendo muy bien lo que me quiere decir, me lo aclara: Queríamos Griego, pero nos han puesto Economía. Y ya sabes que las cuentas… no son lo nuestro, así que así estamos. Vengo a ver qué se puede hacer . Hay algo en la conjugación de los verbos que no me cuadra. Para empezar, el tiempo: ese nos han puesto sugiere que se trata de algo reciente, pero el curso lleva seis meses andando. Hay tiempos vitales que cuesta dejar atrás. Sin embargo, lo que más me araña el ánimo es esa primera persona del plural: queríamos, nos han puesto, así estamos . Me abstengo de decirle lo que pienso sobre esa manera de usar los verbos, porque no es momento de meterme en conjugaciones ajenas. Me pregunto si también dirá N os hemos e...

Criaturas (versión blog, ampliada)

  Comparto aquí, modificado y ampliado, el texto publicado en El Diario de la Educación el pasado miércoles 8 de abril.  Alerta de espóiler: en esta entrada se desvela una escena fundamental de la novela Niebla , publicada en 1914. Empecé la clase preguntando a mis alumnos y alumnas a quién acudirían ellos en caso de sentirse tan desolados por la tristeza y el desamor que hubieran dejado de verle sentido incluso a la propia vida. A mamá , dijo el primer chico que se atrevió a alzar la voz. Era una de las respuestas esperables, aunque me sorprendió la fórmula precisa. No dijo a mi madre , ni a mi mamá , y la ausencia de ese posesivo me pareció elocuente. Mamá es una entidad universal a la que acudir cuando el mundo dentro de ti se pone feo y espeso. La segunda respuesta me extrañó más, pues no podía comprender que mi alumna,  durante su hipotética crisis, quisiera acudir precisamente a un desastroso personaje de La que se avecina , cutre y xenófobo. En seguida m...

Aplausos

  Este año se cumplen veinte desde que empecé a trabajar en la escuela pública. Anteriormente había sido profesora en un prestigioso colegio privado; aún recuerdo a aquella alumna que en septiembre, muy compungida, me explicó que no podía traer las tareas de verano porque se le había hundido el yate. Tener un yate era algo que no había entrado jamás en la esfera de mi mundo familiar, social. Se nos ha hundido el yate era un predicado que solo podía envolver a otros. En 2006 me presenté a las oposiciones y empecé a trabajar en el sistema público. Mi primer destino fue un barrio obrero, conocido (y difamado) por su conflictividad. En mi primer día me explicaron que debía prestar especial atención a una de las alumnas de mi tutoría, pues aunque ya no vivía debajo del puente, seguía siendo muy vulnerable. Ya no vivía debajo de l puente era algo que, por supuesto, tampoco había entrado jamás en la esfera de mi mundo más cercano; ese predicado imposible atravesaba a otros. Aunque ...

Incendios

 Lo conocí en segundo de ESO. En seguida sepultó la imagen que sus rasgos dulces producían bajo un bufido hostil. No era de extrañar, pues lo había confundido con una niña. A lo largo del curso, comprobé que seguía enfadado, no solo conmigo, sino con el universo entero. Yo no era la primera en cometer aquel error, ni sería la última. Él era inteligente, capaz, pero se empeñaba en boicotearse con una violencia que asustaba. Cualquier ocasión propiciaba un desencuentro, cualquier actividad propuesta acababa en un papel vacío con apenas la huella de su nombre. Mis intentos por moverlo de ese lugar en ruinas fueron torpes, estériles. Aquel grupo lo componían también otras islas y playas con fuerte marejada, y resultaba difícil nadar ahí sin hacerse daño. Salí del agua en el mes de junio, con la ropa mojada por el peso de la culpa y el alivio de no haberme ahogado. Él, por su parte, se había esforzado tanto en destruirse que tuvo que repetir curso; el primer día de clase me dejó muy cla...

25 de febrero

Este miércoles 25 de febrero mi madre habría cumplido ochenta años. Intento imaginarla con el cuerpo frágil de una anciana, pero no logro encontrarla en esa vejez simulada.   El 28 de diciembre ─día de los Santos Inocentes─ recibí una extraña notificación de Google: “Tu cuenta no se ha usado en un periodo de dos años. Si quieres conservarla, inicia sesión en ella antes del 29 de enero de 2026. Para proteger la privacidad de los usuarios y los datos de las cuentas, Google eliminará las cuentas que no se utilicen”. Lo primero que me sorprende es que la cuenta a la que se refiere no es mía, sino de mi madre, que falleció en noviembre de 2013. No recuerdo haber entrado nunca en su correo. Quién ha podido hacerlo en los últimos dos años es algo que no acierto a comprender. Tampoco me explico que mi propia cuenta funcione como vía de seguridad para no perder acceso a la suya. En mi mano está la decisión. Me tiembla el esternón, un planeta me orbita entre pecho y espalda. La sola ide...

Se nos escapa

  Lo conocí cuando estaba a punto de cumplir dieciséis años. Su aspecto, sin embargo, era aún el de un niño que todavía no elige su propia ropa. Me correspondía ser su tutora, así que enseguida se me informó de su déficit de atención. En su caso, a diferencia de otros, el trastorno no iba asociado a la hiperactividad; al contrario, se quedaba absorto con la mirada fija en cualquier  no lugar,  donde probablemente se encontraba con algún territorio de su mundo interior mucho más interesante para él que cualquier cosa que yo pudiera contarle. A medida que nos íbamos conociendo, me parecía muy probable que hubiese algo más no diagnosticado, pero no tengo ningún título médico ni soy licenciada en psicología. Muy pronto me dijo que le interesaba el universo. Poco después, en la clase de Lengua, les propuse un proyecto que consistía en un diario de viajes en el tiempo. La primera parte de este trabajo implicaba inventar a un  alter ego , un  otro  al que darían v...