La ballena

 Anoche volví a tener una pesadilla. Esta vez había regresado a la ciudad después de un viaje por el extranjero, pero por alguna razón había retrasado el momento de contactar con mi madre. Un “ya estoy de vuelta” impronunciado. O tal vez era tan simple como encaminarme hacia el hogar familiar porque quizá era de nuevo una adolescente. En ese caso ella debía de estar esperándome preocupada. No lo sé. La cuestión es que mi yo soñado tomaba conciencia de que hacía demasiados días que no sabía nada de ella. En mi mente todo era confusión, no sabía si llevaba tiempo sin llamarme o era de mí de quien se esperaba que hiciese la llamada. Pero yo había regresado. Y ella, ¿dónde estaba? Entonces empezaba a preguntar, desesperada, a mis amigas del colegio, porque ellas la conocían, nuestro barrio era pequeño. ¿Habéis visto a mi madre últimamente? En algún momento tomaba la determinación de ir a su casa (¿a nuestra casa?); allí la encontraría. No me importaba caminar un largo rato hasta llegar allí. Pero de pronto me daba cuenta de que no llevaba cartera, ni teléfono móvil, ni llaves que abrieran ninguna puerta. Ni siquiera llevaba camiseta, tan solo un pantalón de chándal viejo y un top roto para hacer gimnasia. Bajo un sol imposible, empezaba a caminar. Me angustiaba pensar qué haría si al alcanzar su casa ella no estaba allí, o si el calor me fulminaba por el camino. Nadie podría darme noticias de mi madre, y nadie sabría quién era yo. La ciudad era demasiado grande. Pero en ese instante transparente y vacío, alguien, a través de ese teléfono que no existía, me comunicaba que mi madre llevaba cinco días en coma. Entonces he empezado a correr en dirección a su cama. Daba igual la velocidad, nada era suficiente. 

Dos días antes también había soñado con ella. En esa ocasión, alguien me decía que debía tumbarme junto a ella, moribunda, y esperar a estuviera del todo fría. 

Hace años pedí cita con un psicólogo para que me ayudara a dejar de tener pesadillas. Me dio algunas herramientas para que estos sueños no me perturbaran durante el día, pero controlar los sueños, me dejó claro, eran palabras mayores. 

Aunque yo esté feliz durante la vigilia, aunque esté viviendo una etapa dulce y serena, los sueños terroríficos aparecen una y otra vez. La pesadilla es el desagüe por el que sensaciones e impresiones perturbadoras desalojan mi mente y habitan otra dimensión. Ese filtro, ese atravesar la tubería, es doloroso. Las imágenes o situaciones del día transcurrido se me pegan en el cerebro y comienzan su danza macabra cuando me quedo dormida. No puedo ver determinadas películas antes de acostarme. 

Intento recordar qué ocurrió ayer antes de ese sueño.

Ayer, pocas horas antes de irme a la cama, estuve recordando a la ballena olvidada. Los científicos, gracias a los hidrófonos colocados en las profundidades del Pacífico, saben que emite su canto en una frecuencia inaudible para sus congéneres, por lo que ninguna otra ballena responde a su llamada. Lleva años lanzando su extraña voz a la inmensa soledad del azul. Ayer pensé que el océano es lo más grande que existe. Que la ballena es el animal más grande que existe. Y que la soledad es el mal más devastador de cuantos puedan imaginarse. Ayer pensé que la ballena olvidada representa, pues, la soledad más inmensa concebible. La incapacidad de comunicación más triste que se me ocurre. Ni los miembros de su especie ni los humanos que la escuchan comprenden lo que intenta decirnos. 

Pero ella no puede sino seguir nadando. Quizá un humano se arrancaría la vida. Tampoco ese recurso está a su alcance.

Ayer pensé en la ballena olvidada. En esa terrorífica imposibilidad de comunicarse. En esa tristeza inmensa como el océano. Y después soñé con mi madre, a quien sigo echando de menos trece años después de su silencio definitivo. Soñé que no lograba comunicarme con ella. Y no sabía si ella había querido comunicarse conmigo, despedirse de mí mientras yo estaba en el extranjero y solo podía hablar otras lenguas. Desnuda de herramientas (sin dinero, sin teléfono, sin llaves) para decirle que la necesitaba. Que no soporto llamarla y que nadie responda, incluso cuando parece que desde hace trece años puedo viajar sin ella. 


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