Rigoberto

Entró en el aula un poquito tarde (solo un poquito) apoyándose en una muleta. Le di la bienvenida con esa sonrisa tonta que se nos pone a algunos el primer día de clase, como si quisiéramos empaquetar con los labios la mejor de las expectativas para el curso que empieza. 

Le dije algo así como: Vaya, veo que estás lesionado. Espero que no sea grave. 

Un poco, me respondió. 

No sé si alguna vez te has parado a pensar en el abismo del un: ¿Poco grave? ¿O un poco grave? pregunté sin retirar el estúpido empaquetado bucal, dudando de si el chico manejaba con soltura el idioma. Bueno, confío en que sea poco (el resto del grupo, que no conocía a este alumno porque era nuevo en el centro, parecía esperar que yo continuara con la consabida presentación de cada septiembre, así que yo intentaba retomar el hilo pasando por encima de la muleta y de la respuesta del niño, en perfecto castellano).

Por fin Rigoberto, avanzando lentamente, tomó asiento. En la primera fila. 

Hace ya unos quince años de esto. Fue el curso turbulento que vio nacer la marea verde como reacción a los recortes en educación, un curso lleno de cambios: yo también era nueva en aquel instituto. Me habían asignado ─ay, el azar─ la tutoría de ese grupo de 4º de ESO al que llegó Rigoberto con su muleta. 

Al terminar la clase me acerqué a preguntarle de dónde venía, qué le había pasado. Entonces me explicó: padecía un sarcoma en la pierna y había venido a España desde su país, Guinea Ecuatorial, con su hermana Tecla, por si aquí podían curarlo. Su madre no había podido acompañarlo porque tenía varios hermanos pequeños de los que cuidar. No sé dónde me metí la sonrisa del primer día de curso. 

Ya en las primeras semanas, Rigoberto dejó claro que él había decidido aprender, porque todo lo apuntaba, todo lo preguntaba. Como era el único nuevo, intentó hacer amigos poco a poco. No le dio mucho tiempo, porque lo ingresaron antes de que llegara el frío. (“La gran mayoría de los sarcomas son de comportamiento benigno, con una alta tasa de curación”, leo en Wikipedia). Recuerdo a A., una niña muy dulce a la que habían elegido como delegada, preguntándome qué tal estaba “Rigo”. 

Los días se sucedían con la normalidad de la rutina escolar, interrumpida cada tanto por las huelgas de aquel año. El sitio vacío de Rigo no era una prioridad para nadie, porque apenas sabían de él su nombre y su constante deseo de aprender. Yo mantenía cierto contacto con Tecla, que no tenía en el país más que a su hermano pequeño, un niño enfermo que a su vez solo la tenía a ella. Sentía que debíamos hacer más por la pareja, pero no supe darle forma a ese sentimiento.

Un día, organizamos una visita al hospital, solo para la tutora y unos pocos compañeros. Nos calzaron los pies y la cabeza con protectores para evitar el riesgo de infecciones. A mis alumnos, que le habían traído no recuerdo qué regalos, las calzas y los gorros les resultaban un disfraz casi gracioso; para mí eran objetos de mal agüero. A. y los demás, que apenas conocían a Rigo, fueron simpáticos, cariñosos, espontáneos. No sé si los adultos habríamos sabido actuar igual. Yo, en un aparte, le preguntaba con torpeza a Tecla cómo estaba y ella tragaba saliva. Rigoberto, hermana mediante, me pedía tareas cada semana e insistía en que se las corrigiera. Tenía junto a la cama del hospital su ordenada montaña de libros y cuadernos de cada asignatura. A mí me parecía que todo eso podía esperar, pero claramente él no tenía la misma visión sobre lo que puede esperar y lo que no. Supongo que su ancla con la vida tenía forma de libro de texto. 

Algunas semanas después, la orientadora del centro me pidió que habláramos en privado. Era una joven encantadora cuyo nombre (maldita yo) he olvidado. Recuerdo que en su taquilla de la sala de profesores tenía una viñeta de El Roto con una brújula que decía “Yo también estoy desorientada”. Genial El Roto y genial ella. Me explicó que habían llamado del hospital: los médicos habían perdido toda esperanza de salvación para Rigoberto, pero él quería su boletín de notas de la primera evaluación. La orientadora me pedía que simuláramos un documento donde anotásemos unas calificaciones falsas, elogiosas, de todas las materias. Era importante para él. Por mucho que me avergüence, me recuerdo resistiéndome. ¿No quería falsificar un documento? Va a dar lo mismo, es solo para que él se vaya tranquilo, insistía ella. Eso era lo que yo no lograba digerir. Que no hubiese otro final posible. Irse, a dónde. Pero si acabábamos de empezar, tenía quince años, estaba todo por hacer. Y en ese resistirme me aferraba a la idea de que, si se salvaba… Ni siquiera tiene sentido completar la frase. La orientadora, mucho más orientada que yo, tuvo conmigo la paciencia infinita que yo necesitaba hasta convencerme de que Rigoberto se moría. 

Y falsificamos las notas, por supuesto. 

El día en que Rigoberto falleció (ni tanatorio ni funeral, solo repatriación), me quedé inmóvil en la cama durante horas, mirando al techo desconcertada; luego, caminé como una zombi sin entender nada en medio de una manifestación más, a la que acudí solo porque no era capaz de saber cuál era mi lugar en aquel momento. A menudo, todavía, sigo sin encontrarlo. Pero nunca, por muchos años que pasen, me olvido de Rigoberto. Tampoco, jamás, de la soledad de su hermana Tecla. Aunque cada vez duela menos, el trocito de historia que compartí con ellos, con A., con la orientadora, es un recuerdo tristísimo en el que a veces doy vueltas sin encontrar la salida. No hay brújula posible para orientarse en ciertos territorios, pero su memoria me ayuda a repensar en el significado de lo correcto, en la importancia de tener anclas y en lo esencial que sería saber acompañarnos unos a otros. 

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