Incendios

 Lo conocí en segundo de ESO. En seguida sepultó la imagen que sus rasgos dulces producían bajo un bufido hostil. No era de extrañar, pues lo había confundido con una niña. A lo largo del curso, comprobé que seguía enfadado, no solo conmigo, sino con el universo entero. Yo no era la primera en cometer aquel error, ni sería la última. Él era inteligente, capaz, pero se empeñaba en boicotearse con una violencia que asustaba. Cualquier ocasión propiciaba un desencuentro, cualquier actividad propuesta acababa en un papel vacío con apenas la huella de su nombre. Mis intentos por moverlo de ese lugar en ruinas fueron torpes, estériles. Aquel grupo lo componían también otras islas y playas con fuerte marejada, y resultaba difícil nadar ahí sin hacerse daño. Salí del agua en el mes de junio, con la ropa mojada por el peso de la culpa y el alivio de no haberme ahogado.

Él, por su parte, se había esforzado tanto en destruirse que tuvo que repetir curso; el primer día de clase me dejó muy claro que no se alegraba de verme de nuevo en su aula, esta vez inmerso en otro grupo en el que se sentía del todo desprotegido. Si el año anterior tenía cómplices para su desasosiego invivible, ahora estaba completamente solo rodeado de quienes —intuía, quizá con razón— podían hacerle la vida imposible. Por sus dulces rasgos de niña. Por su deseo explícito de llegar a los treinta con un marido guapo y cariñoso. Para arrancar la primera clase planteé un círculo de diálogo en el que cada uno hablase de lo mejor de aquellas vacaciones o de las expectativas para el curso. Él se negó a participar, y mi torpe insistencia prendió tal fuego en su ánimo, que salió de la biblioteca insultándome y dando un portazo. Me fui a casa con la cabeza en llamas y el corazón en cenizas. La Dirección del Centro optó finalmente por cambiarlo de grupo y ya solo lo veía de vez en cuando, si nos cruzábamos por los pasillos o si me tocaba entrar en su aula durante una guardia. En esas ocasiones, él estiraba la cuerda, amagaba con una salida de tono o cualquiera de las barrabasadas a las que parecía haberse acostumbrado; yo me mantenía firme, pero procuraba siempre no perder pie, no lanzar ninguna chispa que él pudiese utilizar para incendiarse ni incendiarme de nuevo. Mientras, observaba su nueva estatura, sus rasgos cambiados. 

Un día, tiempo después, durante un recreo, vino a buscarme a la biblioteca. En vista de que seguía suspendiendo casi todo, quería pedirme ayuda con las pruebas de acceso a grado medio, pues sabía que yo le había proporcionado un modelo de ellas a los alumnos de mi tutoría. Él no imagina lo que supuso para mí aquella mano extendida. Simplemente me preguntaba, con miedo y algo muy parecido a la vergüenza, si podría enviarle también a él el documento. Aquella misma tarde se lo hice llegar. 

Cuando lo vi, semanas después, me atreví a preguntarle cómo le había ido en el examen. Lo había suspendido. Intenté animarlo, pero para mi sorpresa, parecía poco decepcionado: De todas formas —me dijo— es mejor que intente sacarme la ESO. Le di la razón, le deseé suerte y me metí en mi aula. 

Pasó un año.

El azar me trajo noticia de sus resultados académicos. Había terminado el curso con una nota media de notable alto. Me pregunto cuánto contribuimos a ello quienes lo acompañamos en esos años, haciendo equilibrios en esa cuerda floja que él iba tensando, y cuánto debió a su propia voluntad, a su inteligencia y su capacidad, a su firme decisión de no caerse ni dejarse derribar. 

Lo vi por los pasillos y le di la enhorabuena. Él no sabía cuánto me apetecía abrazarlo con fuerza. Pero tuve miedo de dañarlo, de arañar esta comunicación amable que ahora nos unía. Me limité a poner una mano sobre su hombro con la esperanza de que leyera en ella todo lo que estaba pensando. Comprobé, feliz, que ya no quemaba. 


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