Personas del verbo

 Es el mes de marzo. Lo veo en el vestíbulo del instituto, alto, corpulento, perfectamente afeitado, esperando. Conozco a este hombre desde que fui tutora de su hijo F., algunos cursos atrás. Lo saludo.

¿Cómo estás?

Ahí vamos. Nos han puesto Economía, y claro. Como no entiendo muy bien lo que me quiere decir, me lo aclara: Queríamos Griego, pero nos han puesto Economía. Y ya sabes que las cuentas… no son lo nuestro, así que así estamos. Vengo a ver qué se puede hacer.

Hay algo en la conjugación de los verbos que no me cuadra. Para empezar, el tiempo: ese nos han puesto sugiere que se trata de algo reciente, pero el curso lleva seis meses andando. Hay tiempos vitales que cuesta dejar atrás. Sin embargo, lo que más me araña el ánimo es esa primera persona del plural: queríamos, nos han puesto, así estamos. Me abstengo de decirle lo que pienso sobre esa manera de usar los verbos, porque no es momento de meterme en conjugaciones ajenas. Me pregunto si también dirá Nos hemos echado novia o Ya nos va tocando un corte de pelo. Con toda su bonhomía, me pide que anime a F. si me lo encuentro, que le dé un empujoncito de confianza; su tono y sus ojos claros están poniendo mirada y voz al sufrimiento de su hijo.

Por supuesto, le digo.

A continuación, subo a la primera planta para dirigirme a mi aula y allí justamente, solo unos metros en vertical sobre el punto exacto en el que está su padre, recién terminada su clase anterior, está F. charlando con una compañera.

F. es un chico risueño, educado, honesto. Hasta ahora nunca ha destacado especialmente en los estudios, y el final de la ESO fue para él una rampa demasiado empinada que tuvo que recorrer en dos años. Pero ahora está en Bachillerato y, aunque no le doy clase, me gusta saber cómo le va.

¿Cómo estás? Le pregunto, mientras lo veo sonreír con el mismo buen humor de casi siempre.

Bien, profe, ¿y tú?

Seré una ñoña, una comeflores sin remedio, pero me enternece ese ¿y tú? No todos lo incluyen en su repertorio habitual.

Muy bien, gracias. Mientras le respondo, recuerdo a su padre pidiéndome que lo anime y no sé cómo encajar la frase de aliento para ese chico tan alegre.

Acabo de ver a tu padre, le digo.

Sí, ha venido a hablar con la tutora.

Ya… me ha comentado… qué pasa, ¿se te ha atragantado la Economía?

Ah, bueno, no, ya la voy a recuperar.

Claro que sí. ¿No estás preocupado, entonces?

Qué va. Yo prefería Griego, pero qué se le va a hacer. Y sigue sonriendo. Como me quedo callada, insiste: No pasa nada, profe. Parece que me animara él a mí.

Yo entonces quiero deslizarme deprisa al vestíbulo para susurrarle a su padre que su hijo está justo en la vertical, por encima de él, sonriendo, y que la Economía no lo ha traumatizado; pero tengo que saber cuál es mi sitio, así que me contengo. F. estará ya comenzando su siguiente clase con esa sonrisa contagiosa puesta, mientras unos metros más abajo, con un suelo de por medio, su padre le explica a la tutora lo mal que estamos porque no se nos dan bien las cuentas.

A mí tampoco me salen las cuentas a veces. Ni las personas del verbo. Pero a ver cómo convences a algunos padres, sin allanar la conjugación ajena, de que permitan a sus hijos vivir en la primera persona del singular. Sin duda, hay tiempos vitales que cuesta dejar atrás.


Comentarios

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

Aplausos

Punto de encuentro

Rigoberto