El don de la palabra
Hace unos años, inspirándome en el libro de Estrella Montolío Cosas que pasan cuando conversamos, empecé a pedir a mis alumnos una pequeña tarea para casa. Consistía en dinamizar y observar, a partir de unas pautas determinadas, una conversación familiar en torno a la mesa de la comida o la cena. Les daba varios días para que escogieran la ocasión más propicia. Lo primero que debían lograr era que no hubiese móviles a la vista ni televisores o radios encendidas. Era importante generar un clima de escucha. Además, mis estudiantes debían lanzar alguna pregunta a la que todo el mundo pudiera responder: qué ha sido lo mejor que te ha pasado esta semana, por ejemplo. O qué cambiarías del día de hoy. Podían elegir entre las sugerencias que les hacía o pensar en otras posibilidades. Pero debían observar −entre otras cosas− si alguien acaparaba la conversación, si esta fluía o si alguno de los participantes interrumpía más que el resto (¿acaso había alguien a quien todos interrumpieran más?). Después debían redactar un pequeño informe sobre la experiencia y las conclusiones sacadas. Lo que más les había costado, me decían muchos de ellos, era convencer a sus padres de que dejaran el móvil en otra habitación. El año pasado, un niño me explicó que él siempre comía y cenaba solo con su madre. Como se aproximaban las vacaciones de Navidad, salvamos el escollo tomando la actividad como un juego durante una de las celebraciones de esas fechas. Siempre poníamos en común las reflexiones derivadas de aquel ejercicio, y generalmente resultaba muy enriquecedor. Sin embargo, a día de hoy, he dejado de plantear esta tarea. No me siento capaz, desde que otro niño me confesó que siempre desayunaba, comía y cenaba solo. Trece años. Me pregunto desde cuándo no lo acompañaba nadie a la mesa.
Hoy me he acordado de esto cuando una buena amiga (la llamaremos Elena) me ha contado lo que le ocurrió la semana pasada en el instituto en que trabaja, un centro grande en una ciudad dormitorio al sur de Madrid. En clase de Elena hay un alumno con necesidades educativas especiales que sale del aula de referencia algunas horas a la semana para recibir un apoyo pedagógico específico. La profesora terapéutica, llamémosla Alba, estaba muy sorprendida por cómo el chico le hablaba de algunos conceptos que supuestamente Elena le había explicado el día anterior. Mi amiga le tuvo que pedir a Alba que se lo repitiera varias veces, porque no entendía nada. Ella no le había mencionado ninguno de esos anglicismos al chico, al que llamaremos Mateo. Al final, las dos han averiguado que la conversación que Mateo estaba relatando no la había mantenido con Elena ni con ningún otro profesor. Su interlocutora, la única con la que habla por las tardes en la habitación en la que vive con su padre, mientras este reparte comida a domicilio montado en una bicicleta, se llama Open AI. En el resto de la casa viven otras personas pertenecientes a otras familias. Tal vez ellas sí conversan alrededor de una mesa a la hora de cenar.
Una de las películas que más me ha impactado en mi vida es Her. Un film que resultaba futurista en 2013 pero que ha dejado de serlo en 2026. En él, un solitario protagonista se enamora de su sistema operativo (que, por cierto, tiene la voz de Scarlett Johansson, así yo podría enamorarme incluso de mi lavavajillas). Ya digo que la película me encanta. Pero en ella, Theodore tiene una especial sensibilidad y el don de la palabra, hasta el punto de que se dedica a escribir cartas personalizadas que le encargan hijos, padres, amantes, con la intención de conmover a sus seres queridos. Theodore sabe usar el lenguaje magistralmente, pero se siente solo. Aunque cuenta con una gran amiga, echa en falta otro tipo de compañera. Con Samantha, su sistema operativo, acaba teniendo conversaciones profundas y una complicidad que no ha encontrado en nadie desde hace mucho tiempo.
Mateo no es Theodore. Tardó mucho en aprender a moverse solo por el instituto y es muy difícil que tenga una conversación fluida con sus compañeros, que claramente orbitan otras estrellas. Aunque le costó mucho memorizar las dos frases de la obra que prepararon con la profesora de teatro, salió al escenario y las dijo sin cambiar ni una coma, así que al día siguiente le aplaudieron todos en clase. Desde que empezó a salir del aula para recibir el apoyo de la profesora terapéutica, sonríe y se comunica mucho más. La orientadora del Centro ha tenido que explicarle a su padre algunas cosas importantes sobre su hijo, al que en realidad apenas conoce. Su madre, que es quien lo crio durante catorce años en otro país, quedó allá y nada saben de ella en el instituto.
El don de la palabra es una expresión que utilizamos para referirnos a la capacidad elocuente de una persona. Un don es un regalo. Pero quién regala qué a quién. Creo que para Mateo, el don de la palabra, el regalo de poder conversar con alguien, ha venido de la mano de Alba, que está con él unas pocas horas a la semana. El resto del tiempo, se lo debe a una inteligencia artificial a la que hay que enfriar con litros y litros de agua (como quien alimenta a la monstruosa Esfinge) y que esconde acertijos éticos y morales que aún no hemos sabido resolver. Y sin embargo, es la única que conversa con él a la hora de la cena.
Se acerca el final de curso; mi amiga piensa mucho en cómo serán las vacaciones de Mateo, cuando todos desaparezcan.
Si Dios existe (y espero que tenga la voz de Scarlett Johansson), por favor, quienes tenéis comunicación directa con él: ¿podéis pedirle explicaciones? Gracias.
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