Aplausos
Este año se cumplen veinte desde que empecé a trabajar en la escuela pública. Anteriormente había sido profesora en un prestigioso colegio privado; aún recuerdo a aquella alumna que en septiembre, muy compungida, me explicó que no podía traer las tareas de verano porque se le había hundido el yate.
Tener un yate era algo que no había entrado jamás en la esfera de mi mundo familiar, social. Se nos ha hundido el yate era un predicado que solo podía envolver a otros.
En 2006 me presenté a las oposiciones y empecé a trabajar en el sistema público. Mi primer destino fue un barrio obrero, conocido (y difamado) por su conflictividad. En mi primer día me explicaron que debía prestar especial atención a una de las alumnas de mi tutoría, pues aunque ya no vivía debajo del puente, seguía siendo muy vulnerable.
Ya no vivía debajo del puente era algo que, por supuesto, tampoco había entrado jamás en la esfera de mi mundo más cercano; ese predicado imposible atravesaba a otros.
Aunque aquella niña fuese un caso extremo, el grueso de mi alumnado aquel año procedía de entornos muy desfavorecidos. Muchos de mis alumnos de 1º de ESO apenas sabían leer. Y sin embargo, no recuerdo cómo ni por qué, en algún momento decidimos (ellos y yo) formar un grupo de teatro. Les hacía tanta ilusión, que les propuse que ensayáramos una tarde a la semana. Escogieron el viernes. Y yo ya no podía echarme atrás. No sé si fue por falta de ideas o de talento (mío), pero en lugar de una verdadera obra teatral acabamos preparando una versión medio dramatizada de los Cuentos en verso para niños perversos, de Roald Dahl. Para quien no los conozca, son versiones gamberras de los cuentos tradicionales: Caperucita, Los tres cerditos… Uno de los niños del grupo, que arrastraba un dolorosísimo fracaso escolar, decidió que quería interpretar el personaje del hada madrina de Cenicienta. Los demás se mostraron conformes. ¿Por qué no? Lo veía entusiasmado, esforzándose por aprenderse los versos que a duras penas lograba leer una y otra vez, pero se crecía con desparpajo diciéndole a Cenicienta: ¿Qué puedo hacer por ti, Ceni querida? ¿Tan mala vida te dan esas granujas? Era feliz interpretando su papel, se reía y nos hacía reír a todos los demás. Y no faltó ni un solo viernes a nuestra cita en el salón de actos. Semana tras semana, aquel pequeño grupo de niños decidió que ese era un buen lugar para pasar la tarde de los viernes. Me gustaría tanto recordar sus nombres, sus caras. (Quién sabe si alguno de ellos esperaba ayer a mi lado para cruzar el mismo paso de peatones).
A medida que se acercaba el día de la representación, la compañía hizo acopio de todo el atrezo que pudo, y sacó de casa telas, coronas y purpurina para el vestuario. Mi hada madrina se moría de la risa viéndose con su vestido de princesa, su varita mágica y su tiara de diamantes falsos. Él se había convertido por derecho propio en protagonista del espectáculo, tantas ganas le ponía a aquellas rimas irreverentes.
Y por fin llegó el esperado momento. Tan solo nos permitieron representar en un aula, pero recuerdo a mis pequeños actores preparados en el pasillo del instituto, con sus peinados disparatados y sus trajes de fiesta, ilusionados, nerviosos, mientras el público esperaba en sus pupitres la primera función escolar del Centro.
Hasta que de pronto el hada madrina se vio reflejado en el cristal de una puerta. Palideció y dijo que no quería hacerlo.
No salgo. No salgo.
Su negativa era rotunda, casi violenta.
¿Cómo que no quieres? ¡Pero si lo haces genial!
¡Pero ¿cómo voy a salir con estas pintas, delante de todos mis compañeros?!
Hasta ese día nuestros ensayos, en el petit comité que suponía la minúscula compañía de teatro que habíamos creado, eran un lugar seguro. Reír, interpretar, jugar a ser un hada gamberra en nuestra burbuja era una cosa. Presentarse vestido de princesa ante todos sus amigos de la clase era otra. Me maldije por mi torpeza, por no haber previsto aquel giro, aquella incomodidad más que comprensible. Pero éramos un equipo. Y su renuncia hacía saltar por los aires también el trabajo de los demás. Mientras él seguía ofuscado, arrancándose la diadema, y yo intentaba por todos los medios dar con una respuesta audaz que no iba a llegar a tiempo, los alumnos dentro del aula nos esperaban dando palmas. La música sonaba, ya en bucle, dándonos tiempo. Entré en la clase para hablar con una de las profesoras; avergonzada, inquieta, novata, en un susurro, intentaba justificarme ante mi compañera, explicarle la situación, disculparme por mi incapacidad para desbloquearla. Y cuando estábamos a punto de cancelar el espectáculo, de pronto el público a mis espaldas aplaudió más fuerte, porque el resto de actores había logrado lo que yo no consiguiera: sacudirle el pánico a mi hada madrina y salir todos juntos a escena.
"¡Si ya nos la sabemos de memoria!",
diréis. Y, sin embargo, de esta historia
tenéis una versión falsificada,
rosada, tonta, cursi, azucarada,
que alguien con la mollera un poco rancia
consideró mejor para la infancia…”
Así comenzaba el cuento, que hizo reír al público tal como Roald Dahl había previsto. Como era una narración, no sé si el escritor imaginó alguna vez que sus personajes cobrarían vida, interpretados por un puñado de niños de un barrio obrero de Madrid. Que uno de ellos bordaría el papel de hada madrina. Y que nunca antes nadie lo había aplaudido en su vida. Lo recuerdo inclinándose para saludar al público, que vitoreaba enloquecido mientras él reía y me miraba, radiante, bajo su diadema de diamantes falsos.
Sé que es un tópico, pero todos deberíamos recibir un aplauso alguna vez.
Han pasado veinte años de aquello y nunca sabré qué fue de aquel niño cuyo nombre he olvidado. Ahora tendrá más de treinta, un oficio, tal vez un hijo. Ojalá le hayan aplaudido ─por su trabajo, por su alegría, por ser quien es─ un millón de veces más.
Feliz Día Mundial del Teatro
Rebonito! 🙏
ResponderEliminarGracias 😊
EliminarPrecioso, como siempre.
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EliminarEste comentario ha sido eliminado por el autor.
EliminarMuchas gracias ❤️
EliminarAplausos para toda la compañía y especialmente para aquel muchacho. Y a ti, felicidades.
ResponderEliminarGracias, Maxi. Vale mucho viniendo de ti precisamente, que tanto has hecho y haces por el teatro y los adolescentes .
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