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Agua

  Iba a la cocina para abrirme la cervecita de los viernes por la noche. Acababa de adentrarme en las densidades argumentativas de una filósofa que cuestiona las teorías de la psicología evolutiva según las cuales el altruismo no existe porque nuestros genes son egoístas. Necesitaba una pausa. Antes de abrir la nevera (justo antes, ese instante en que tomas una decisión, ese hito temporal en el que todo podría haber sido distinto) decidí comprobar la presión de la caldera, que a veces se pone mohína y baja más de lo que debe. Oh. Oh. Estaba en la zona roja de baja presión. Sé que hay que girar la palomilla negra. Sé que hay que meter presión poco a poco. Lo sé. Pero nunca antes me había visto en números rojos, y me asusté como si la casa entera pudiera desplomarse sobre mi torpe cabeza. Así que giré al máximo la palomilla negra. Ay, la polisemia. Cuando quise cerrarla, ya era demasiado tarde. La presión había superado el límite de seguridad y la caldera empezó a soltar una cata...

Viernes, última hora

  Principios de febrero. Viernes, última hora de la mañana. Hace frío y un cielo de acero parece a punto de romperse. Falta un profesor y me toca quedarme de guardia con un pequeño grupo de seis alumnos de trece años. Pongamos que son Ileana, Li Jie, Fátima, Said, Asier y Zoe. Ponnos una peli, profe . Como soy una nostálgica y a veces funciona, les pregunto si han visto E.T . La mitad la han visto ya y, antes de que me dé cuenta, le han hecho un resumen casi perfecto del argumento a la otra mitad. Es un extraterrestre que se despista, se hace amigo de un niño y van volando en bicicleta hasta que lo devuelven a su planeta. Miro a Zoe impresionada por su capacidad de síntesis. Me acuerdo entonces de algunos cortometrajes guardados en una lista de Youtube a la que bien podría etiquetar como “Kit de supervivencia para la guardia de los viernes”. Les pongo Cocodrilo . Si no lo habéis visto, os animo a hacerlo ahora. Son apenas cinco minutos, el resto de mi historia puede esperar. El c...

Tu primer recuerdo

  El otro día escuché una conversación en la que cada cual debía responder a la pregunta ¿C uál es tu primer recuerdo? “El caramelo que me compraba mi padre en la tienda de debajo de casa”. “Las estrellas que pintaba en un bloc que me había regalado mi tía”. “La siesta en el cuarto de mis abuelos”. Afortunadamente, la conversación tenía lugar sobre la encimera de mi cocina y yo no tuve que responder a la pregunta; es lo bueno que tiene el transistor, que no tienes que implicarte demasiado si no quieres (sí, ya sé que puedo escuchar la radio en el móvil, pero en esto soy un señor antiguo y voy de un lado a otro de la casa con mi transistor, que me ofrece un abanico de tentaciones mucho más limitado que el smartphone ).  Cada vez que surge esa pregunta en una conversación, me tiemblan un poco las pantorrillas como si fuese a examinarme por sexta vez del carné de conducir. O más bien, como si el tribunal de oposición se dirigiera a mí con la voz del doblador de Robert de Niro: ¿...

Demasiados nombres

  Escribí un monólogo teatral protagonizado por Catalina de Salazar. Era solo un divertimento medio tonto en el que la mujer de Cervantes confesaba que era ella la auténtica autora del Quijote . Una joven actriz (ay, ambas éramos tan jóvenes entonces) lo representó en varios cafés-teatro junto con otros dos textos míos y ahí quedó la cosa. No esperaba hacerme millonaria ni salir en la sección de cultura del Telediario. Tiempo después, el que era mi amigo más querido y necesario —llamémosle A— escribió un dueto de microteatro basado en esa misma idea. “Te he plagiado”, me dijo. La mujer de Lope y la del manco de Lepanto departían en su obra sobre las andanzas de sus esposos mientras ellas daban rienda suelta a la pluma que los hizo célebres. No soy capaz de recordar cuántas partes de mi texto había tomado mi amigo, pero él se sentía en deuda conmigo, así que brindamos tres o cuatro veces por nuestra amistad, y por el teatro, claro. Algunos años después, cuando A. y yo nos había...

La planta

  Me regalaron la planta en un gesto de agradecimiento. Era grande, firme, vistosa. Agradecí el agradecimiento, aunque la planta no era apta para mi pequeño jardín, donde habría perecido a la primera helada invernal. De modo que busqué un sitio para ella en el salón, donde ya otras plantas antes habían copado los lugares estratégicos, como en una compañía teatral donde la plantilla fija se queda siempre con los mejores papeles o en un grupo de compañeros donde cada cual ha asumido su rol. La nueva no tenía fácil encaje. Pensé que cerca del cesto de piñas no estaría mal del todo, pero cada día, al volver del trabajo, me la encontraba con las hojas enrolladas sobre sí mismas como un quinceañero en plena fase emo. El sol era demasiado intenso para ella allí. La moví a otro espacio en la cara norte de la casa, pero mi planta no entendía de brújulas: aquella claridad seguía siendo excesiva para ella, tal vez era un vampiro. Mi tercer intento, entre la puerta del armario y la del traster...