Presente continuo
A Rocío
Nos escribirán... o algo, ¿no? Y sé perfectamente a quiénes y a qué se refiere. Yo llevo días haciéndome la misma pregunta sin atreverme a compartirla con nadie. El miedo al ridículo es tan libre como cualquier otro.
Esta tarde, mientras intentaba ganar masa muscular (el gimnasio ha entrado en mi vida por la puerta sorpresa de la menopausia), me ha saltado una canción que no esperaba en una playlist de temas variopintos. Hacía años que no la escuchaba y he tenido que parar en seco, porque hay cosas que no se pueden escuchar mientras una intenta imitar a Bruce Lee. Después, en casa, me he puesto el disco entero: La palabra en el aire, de Pedro Guerra y Ángel González (sí, el poeta). Si no lo has escuchado nunca… Uf. Eso sí, no lo escuches mientras preparas una paella o atraviesas la Gran Vía, por favor. Espera a que la casa y tu cabeza estén en silencio, ponte cómodo, solamente escucha.
***
Dicen que si el alumno no supera al maestro, ni es bueno el alumno ni es bueno el maestro.
El pasado tres de junio tuve la suerte de poder estar firmando ejemplares de mi novela en la Feria del Libro de Madrid. Lo que poca gente sabe es que yo estaba allí gracias a una amiga a quien conocí cuando ella tenía trece años. Entonces yo tenía veinticinco y era mi primer año como profesora. A pesar de mi inexperiencia, de mi ignorancia, de mis vacíos en materia pedagógica, ella, cuya timidez proverbial la hacía reservada y un tanto esquiva, me confió sus poemas. Aquellos versos fueron la puerta de entrada por la que poco a poco se fue filtrando un diálogo íntimo que unió para siempre nuestros umbrales. Ahora ella tiene más de treinta años y una librería. La veo conversar con los clientes que se acercan a la caseta y no puedo sino admirarme de su dominio de todo tipo de literatura, desde poetas franceses a psicoanalistas húngaros. El chico que le está preguntando si el último libro de X es más o menos jungiano que el anterior no sabe que yo los estoy observando sonriente y fascinada. Ella tampoco lo sabe. (La sonrisa me la provocan las preguntas de él; las respuestas de ella, la fascinación).
Cuando R. tenía quince años, volví a ser su profesora. Llevé a clase algunos poemas del que era mi poeta favorito, Ángel González. Para el resto del grupo era un autor desconocido (al fin y al cabo, no había escrito La vida es sueño ni La Celestina), pero ella sabía muy bien de quién se trataba. Su padre y él eran amigos. Yo quería que viniera al colegio a hablarles a los alumnos de su obra, pero mi inexperiencia y mi ignorancia no encontraron el modo de lanzarle el anzuelo. Un día, ella me trajo un autógrafo de su padre, en el que, jugando con un famoso verso de una de sus más famosas canciones, me animaba a no cejar en el empeño. Aún conservo aquel papel, arrugado y adelgazado por el tiempo.
El verano siguiente me presenté a las oposiciones y abandoné aquel colegio. El correo nos mantuvo unidas y atravesamos años y países entre palabras de ida y vuelta. Por ella, el doce de enero de 2008, supe que Ángel González había muerto. Aún recuerdo la calle exacta por la que caminaba cuando recibí su llamada.
Hoy, escuchando La palabra en el aire, he retrocedido a aquel año en el que por primera vez entré como profesora en un aula. Cuánto cambiaría de mi labor de entonces si volviera a empezar. Hoy, más de veinte años después, me emociono al escuchar a Ángel González recitando Ayer: “el día maravilloso que ya nadie nunca volverá a ver jamás sobre la tierra”. Un carpe diem disfrazado de nostalgia. Me conmueven sus versos, su muerte, la memoria de aquellos días en que R. era una niña y yo una profesora torpe e inexperta, más joven de lo que ella es ahora.
Nos escribirán... o algo, ¿no? Quien me habla es E., la profesora de Inglés con la que he compartido un grupo de alumnos muy especial este año (supongo que todos lo son). Sin necesidad de que ella lo aclare, sé perfectamente a quiénes y a qué se refiere. Y me dan ganas de abrazarla, porque yo llevo días haciéndome la misma pregunta. Y porque este año, de forma especial, he sentido una punzada de tristeza al despedirme: la certeza de que a la mayoría de ellos les perderé la pista, y de que me quedaré sin saber en qué modo llegará cada uno a superar al maestro. A sus maestras. Quizá alguien decida asomarse al correo y tejer con nosotras un diálogo que atraviese el tiempo. Quizá dentro de veinte años pueda seguir hablando o escribiendo sobre ellos, sustituyendo el pasado por el presente continuo, un tiempo verbal inglés cuyo nombre ─siempre me lo ha parecido─ tiene un regusto a poema en español.
Felices vacaciones.
Nota: “Ayer”, el poema original de Ángel González, dice día incomparable, pero en la versión del disco el poeta cambió incomparable por maravilloso. Las razones que encierra ese cambio tal vez componen una antología vital secreta.
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