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Habíamos sacado los billetes de avión para ese día, justamente. Digamos que no lo vimos, no nos dimos cuenta. Así que cuando todo el mundo se disponía a disfrutar del eclipse total en España, yo estaba aterrizando en una isla remota muy parecida al paraíso. Por razones que no vienen al caso, el eclipse parcial nos cogió, sin embargo, en un descampado con funciones de aparcamiento, con una amiga que casualmente también había llegado allí ese día.

Nuestro inicio del viaje ya había sido medio tonto, pues nada más llegar nos pusieron una multa. Estacionamos el coche correctamente frente al hotel y sacamos el correspondiente tique en la máquina de marras, pero dejamos el papelito bocabajo sobre el salpicadero, de modo que el agente de movilidad de turno que pasó por esa calle durante la media hora escasa que estuvo el vehículo allí, al verlo (al no verlo, más bien) debió de pensar que éramos idiotas o que le tomábamos por idiota a él.

Sea como sea, cogimos el coche de nuevo (y la multa) y nos dirigimos al hotel de nuestra amiga. Otros amigos, desde mi propio pueblo y alrededores, nos mandaban fotos de ellos mismos engafotados con las lentes homologadas. Nosotros también teníamos las nuestras, cómo no. Mirar un eclipse, aunque sea parcial, no es algo que una pueda hacer todos los días, menos aún desde el aparcamiento del paraíso. De modo que nosotros también queríamos hacernos una foto juntos y engafotados, mandársela a nuestros amigos y decirles Hey, qué pasa, vosotros tendréis un eclipse total, pero no habéis estacionado vuestro coche de alquiler en mitad del edén. Nuestro arsenal para combatir la envidia estaba provisto de lugares comunes vacacionales. Ufana y ridícula, preparé la cámara del móvil. Colocado sobre el capó del coche saldríamos los tres fenomenal. Solo faltaba algún objeto para mantenerlo en pie. Habría valido cualquier piedra, pero ufana y ridícula saqué lo más valioso que había en mi bolso: unos prismáticos. Lo que los hacía tan valiosos es que eran un regalo de cumpleaños que me había hecho mi pareja diez días antes. (Haz un pequeño cálculo y ya sabes cuándo es mi cumpleaños, no tienes excusa para no felicitarme el año que viene). Con mis prismáticos, en el paraíso, las aves y las ballenas estarían diez veces más cerca. Qué ilusión.

Una vez que terminó el eclipse total que no vimos, o que vimos a medias, cuando la Luna dejó de pasearse por delante del Sol, cogimos el coche para acercarnos a unos acantilados (paradisíacos, claro) que estaban por allí como si tal cosa (Pues chica, podíais haber escogido el acantilado en vez del aparcamiento para ver el eclipse, dirás, y no te faltará razón). Pensé entonces en mirar a lo lejos, observar las olas rompiendo en la otra punta de la banda costera en la que nos habíamos detenido. Fue entonces, cuando quise mostrarle a mi amiga, con la ilusión de una niña, mi regalo de cumpleaños, cuando me di cuenta de que los prismáticos no habían regresado al bolso después de hacer las veces de trípode sobre el capó del coche. (Ya ves, siempre me burlé internamente de los del palito de selfie, el castigo es implacable en el edén, como bien sabemos).

Debí dejarlos en el asiento del coche al terminar de fotografiarnos… Pero no, allí no estaban. Levanté (ya solo ridícula, no había razón para seguir ufana) las alfombrillas, como si mágicamente el artilugio hubiera podido perder una de sus dimensiones, convertirse en un objeto plano y esconderse allí. Deslicé los asientos adelante y atrás una y otra vez, por si estaban caídos en el suelo. Miré en el maletero, aun a sabiendas de que no lo habíamos abierto para nada en todo ese rato. Lo cerré. Volví a abrirlo. Sacudí las alfombrillas. Deslicé de nuevo los asientos. Te lo has tenido que dejar sobre el capó. Pero no era posible. Eso no podía pasarme a mí. Menos aún con un regalo (algún día te contaré mis neuras con el asunto regalos).

Me volví loca.

Definitivamente, eso no podía ocurrirme a mí.

Nos montamos en el coche los tres.

Pero no, eso (otras cosas sí, claro) no podía pasarme a mí.

Una vez mi pareja, muchos años atrás, perdió un móvil por el método de dejárselo olvidado sobre el capó de un coche y recorrer varios kilómetros antes de acordarse de él. Conocía bien esa anécdota. Pero no: a mí no.

Yo hago otras cosas: quemo comida, rompo figuritas de cristal, me mancho de tomate la ropa recién lavada.

Pero no pierdo un regalo que me han hecho por olvidarme de él sobre el capó de un coche para hacerme una foto estúpida. Por quién me tomas.

El aparcamiento no quedaba lejos de allí; dentro de mi histeria, confiaba en que los encontraríamos tirados en el descampado (no habían pasado ni cinco minutos), pero el descampado, haciendo honor a su nombre, estaba vacío. Recorrí a pie una y otra vez el trayecto; si no estaban en el aparcamiento, sin duda se hallaban en algún punto intermedio del recorrido, no cabía otra posibilidad. ¿Cómo los iba a haber cogido alguien? Serían esa mancha negra de allá. No, es una alcantarilla. Y esa otra. Un trozo de plástico. Yo acababa de leerme un ensayo que defiende (con numerosas pruebas) la tendencia innata a la bondad en los seres humanos. Así que nadie podía haberme robado los prismáticos, eso era irrefutable. Bueno, no te los han robado, se los han encontrado en el suelo. Tardé un rato en recordar que los prismáticos que usé durante un tiempo, tan pesados que no podía llevármelos no solo al paraíso, sino tampoco al parque de mi barrio, llegaron a mí precisamente porque alguien se los dejó olvidados en un muro de piedra en mitad del campo. Te juro que no lo vi, no fui consciente de la semejanza, hasta mucho después.

Cuando una se ilusiona con un regalo como una niña pequeña, el disgusto por perderlo puede estar más o menos en la misma escala de Richter que la rabieta de una cría de tres o cuatro años. Solo que ahora sentía, además de la pena negra, una culpabilidad color barro chillón. Es muy raro, ridículamente raro, estar así de enfadada en el paraíso.

Si lloras por no haber visto el sol, las lágrimas de impedirán ver las estrellas”. De todas las moñadas que nos escribíamos en las carpetas en la adolescencia, a esta al menos no le faltaba razón. No has visto el eclipse total y has perdido unos prismáticos (nuevos), vale, pero estás en el puto paraíso, haz el favor. No tienes derecho a quejarte. No tengo derecho a quejarme.

Respira hondo.

Has perdido los prismáticos, así que lo que te toca es mirar de cerca, pensé, en un alarde de libro de autoayuda.

***

En el paraíso, como puedes suponer, hay unos paisajes de escándalo, y me he llenado los ojos de colinas verdes y de frondosos bosques. He mirado cascadas hasta secarlas, y ya que no podía observar a los delfines con mis prismáticos, los he visto saltar junto a la goma de la lancha, mira tú por dónde. Perdón, sueno como un anuncio de Viajes Barceló. No me gusta. Pero no querría dejar una mancha marrón demasiado grande sobre el mantel de un viaje que, por lo demás, ha sido precioso. La cuestión es que mientras caminaba por esos bosques y montañas o mientras avanzaba a través de las olas en busca de cetáceos, ya que no podía mirar tan a lo lejos como me hubiera gustado, he procurado mirar también a lo cerca. Y a lo dentro.

Ya sabes, ese A mí no. Creo que me toca empezar el curso 26-27 aceptando que me voy a equivocar varias veces, que voy a meter la pata, que no sabré verlo todo, que algo se me va a escapar, que al fin y al cabo, A mí también. Respira hondo y asúmelo.

Mis prismáticos, claro está, no eran incompatibles con la introspección, pero tengo cierta querencia por las metáforas, qué le vamos a hacer.

Supongo que a estas alturas no está muy claro a dónde quiero llegar con toda esta historia. O que ya hay multitud de refranes añejos que llegaron al mismo sitio mucho antes que yo (“Nunca digas este cura no es mi padre”, por ejemplo). De nuevo, qué le vamos a hacer, soy lenta. Y a veces tardo en aceptar la realidad: cuando devolvimos el coche, me costó una enormidad no decirle al empleado que lo revisó: Si encuentras unos prismáticos, avísame, por favor. Te lo juro. Creo que no lo dije por miedo a que mi pareja pensase que, después de todo, era verdad que estaba loca, pero fue tal el esfuerzo mental que tuve que hacer, que aún me duele la cabeza.

Hoy, en cuanto he llegado a casa, aparte de tomarme un paracetamol, he comprado unos prismáticos iguales a los que me regalaron. Lo sé: no tengo derecho a quejarme. Además, me queda el consuelo de pensar que alguien (tal vez, con suerte, una niña pequeña) vio las aves y los delfines diez veces más cerca gracias a los prismáticos que encontró tirados en medio de un descampado. Y que su ilusión se agrandó con ellos.

Por cierto, el próximo eclipse total se producirá el día de mi cumpleaños; será visible en el lugar en que nació mi padre, donde yo veraneaba durante mi infancia, pero hace años que aquella casa desapareció de mi vida. Ya he mirado precios: son tan desorbitados que pueden dañar seriamente la vista, de modo que este, por desgracia también me lo perderé.

Feliz comienzo.




Comentarios

  1. M.Teresa de Córdoba Lasuncion28 de agosto de 2026 a las 15:12

    Feliz comienzo. Gran escritora. Gran amiga.

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  2. Sana autocritica. Que sea un buen curso. Un beso

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    1. Gracias, Pilar. Cuánto cuesta a veces aceptar lo que no queremos... ver. Otro beso para vosotros.,❤️

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