¿Te agrado?
Hace algunos años, en un curso sobre resolución de conflictos, la ponente comenzó planteándonos el siguiente problema:
Tienes una hija de seis años; hoy ha ido al colegio con el vestido amarillo que le compraste tras habértelo pedido con insistencia. Vuelve de la escuela y te confiesa que no quiere volver a ponérselo nunca más. ¿La causa? A su mejor amiga no le gusta; de hecho, le parece un vestido horrendo.
¿Qué hacéis?, nos preguntó. Todas las asistentes (si mal no recuerdo, éramos todas sin excepción maestras y profesoras) resolvimos aquello casi como un trámite, con variantes de la misma idea: había que hacerle ver a la cría que no debía importarle lo que su amiga opinara de su vestido, debía ponérselo si ella quería (ya, pero es que ella ahora ya no quiere). Insistiríamos si fuese necesario, hasta lograr que se quitara de la cabeza esa absurda idea de querer agradar a su amiga y accediese a volver a ponerse su lindo vestido… para agradarnos a nosotras. Efectivamente, la ponente nos hizo ver lo inoportuno de nuestra respuesta, a pesar de nacer de nuestra mejor voluntad. Si no legitimamos el sentimiento de esa niña, probablemente la próxima vez que experimente alguna emoción similar, se lo pensará dos veces antes de compartirla con nosotras. Quizá, en esa futura, hipotética pero muy probable ocasión, la criatura haya interiorizado tan bien el mensaje, que actúe del modo que cree que nosotras esperamos de ella, aunque su deseo se encamine justo en sentido contrario.
Todo esto me recordó una viñeta de Betsy Streeter en la que se ve a una madre aleccionando a su hija: “Cuando crezcas, quiero que seas asertiva, independiente y que tengas fuerza de voluntad. Pero mientras seas niña, quiero que seas pasiva, moldeable y obediente. ¿Está claro?” A veces llevo esta viñeta a clase para comentarla con mis alumnos; curiosamente, les cuesta captar la ironía.
Me desvío.
A la niña del vestido amarillo, con nuestras agudísimas frases de la familia del No-debe-importarte-lo-que-opinen-los-demás, le clavamos en la corteza cerebral la idea de que a nosotras, por supuesto, no nos importa lo que opinen de nosotras otras personas. Los adultos jamás pensamos en si nuestro aspecto será agradable a la vista para quienes conviven con nosotros, nunca buscamos la aprobación de los demás, en absoluto actuamos movidos por el deseo de ser queridos. No intentamos caer bien, no intentamos ser amables, no se nos ocurre jamás preguntarnos cómo nos verán y sentirán los demás. Las modas no nos influyen y somos inmunes a la opinión ajena ¿Verdad? Podemos ir a trabajar con diez horrendos vestidos amarillos uno encima de otro, desde el empeine al cogote, cual reina de carnaval, sin despeinarnos. Faltaría más. Pobre niña de seis años.
Cuando empieza el curso, en la primera sesión de clase, suelo pedir a mis alumnos que me escriban una carta para conocerlos mejor y, ya de paso, comprobar qué tal se expresan. Hay muchas sorpresas en este primer documento que me confían con tanta generosidad (todavía ninguno ha hecho uso de su libre albedrío para negarse o preguntarme por qué demonios tendría que escribirme una carta a mí, una señora con canas a la que acaba de conocer). Este año ha habido quien la ha redactado en verso y quien me ha confesado que su profesora de Lengua del año pasado fue la mejor profe que ha tenido en su vida (menuda presión, a ver cómo supero eso). Otros – no falla– insisten en que este año “se van a poner las pilas”. Hay quien fue alumno mío hace un par de cursos y guarda de aquello sus propios recuerdos: “Aunque te cueste creerlo (y lo entiendo) ahora me gusta leer”. Cuánto brillan algunos paréntesis. Sea como sea, siento que en todos estos y otros casos late lo mismo que en la alumna que a toda costa quiere enseñarme las fotos de unos trajes que ella misma elaboró, o en la que se esfuerza en buscar dudas que no tiene para planteármelas al final de la clase. Y no se trata de mí, lo que relato les ha pasado de un modo u otro, seguro, a casi todos mis colegas. Con demasiada frecuencia se nos olvida que también ellos, como nosotros, diseñan sofisticadas estrategias para ser queridos.
Sin embargo, entre todas las cartas que he leído esta semana, ha habido una en la que he encontrado algo nuevo que no logro sacarme de la cabeza. Después de dos párrafos de presentación, la alumna hace un giro digno de una película francesa: «Bueno, y aunque no me puedas contestar – dice– quiero preguntarte: ¿Y tú? ¿Cómo estás? ¿Qué tal has empezado el curso? Y ya de paso, otra pregunta: ¿Te agrado?»
Te dejo un renglón en blanco para que lo digieras.
No sé tú, pero yo, además de conmoverme por su interés por mí, he tenido que leerlo varias veces para asegurarme de que esa letra endemoniada, sin lugar a dudas, decía exactamente eso: ¿Te agrado? Y sí, podía contestarle, así que hoy he hablado con ella. Pero esa es una conversación privada y acaba de empezar.
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