Breve apunte vergonzoso para una noche de Halloween


Una noche como esta, hará un par de años, sonó el timbre de mi casa. En el pequeño barrio del pequeño pueblo en que vivo, no son habituales las visitas otoñales a la hora de la cena. Por supuesto, en un segundo, recordé: Halloween. No entraré ahora en la cansina batalla entre los fans de esta noche de terror y los ultrapuristas que la detestan por su origen extranjero. La cuestión es que rara vez la tengo presente con la suficiente antelación como para hacer acopio de dulces para los niños que aparecen esa noche en la fría soledad de mi pequeño barrio. Algún año he llegado a apagar todas las luces para hacerles creer que no había nadie en casa, tal era la vergüenza que me daba recibirlos con las manos vacías. Me veía a mí misma como Helena Bonham Carter en Big fish, como la horrible bruja de cuento que solo alimenta a los gatos callejeros y farfulla palabrotas cuello adentro. Esta vez, sin embargo, no podía esconderme: sin duda los críos habían visto la bombilla encendida antes de llamar, así que no tuve más remedio que afrontar mi culpa. Creo que hay gente que les da unas monedas, pero en mi cartera solo había un billete de cincuenta euros. Me vi a mí misma preguntándole a la criatura si tenía cambio y me horroricé al instante. Mi único recurso no del todo terrorífico era la honestidad. Lo siento muchísimo, de verdad. No tengo caramelos ni nada parecido en casa, los habría comprado si me hubiera acordado de esto, lo siento mucho. Para los críos aquello no fue ni la mitad de dramático que para mí; dijeron que no pasaba nada y dieron media vuelta. Una de ellas, sin embargo, se giró de nuevo a mirarme antes de marcharse. No tendría más de siete u ocho años. Metió la mano en la bolsa-botín que llevaba y sacó un puñado de chucherías. Toma, me dijo, por si vienen otros niños después.

Y entonces se marchó para reunirse con sus compañeros.

Perpleja, emocionada, cerré la puerta. Y esperé la llegada de otros niños a los que poder ofrecer aquel tesoro inmerecido que reposaba en la encimera de mi cocina. Aunque me aseguré de dejar la luz encendida, no apareció nadie más. Y allí quedaron los dulces que le dio una niña a una bruja en una noche de Halloween.

Cuando escucho, de vez en cuando, que la empatía no se desarrolla hasta los once años, a los gatos de mi barrio se les eriza el rabo.





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