Un recuerdo imborrable
Solo: adverbio. Solamente, únicamente.
Solo/a: adjetivo. Solitario, aislado, desvalido o desamparado.
En un libro sobre escritura creativa para adolescentes, me encuentro, entre otras propuestas, la sugerencia de escribir sobre un recuerdo imborrable como modo de desbloqueo de la creatividad. Pienso en cuál es el recuerdo que yo escogería.
No, ese no.
Pero la idea vuelve, cedo, me pongo manos a la obra. Tras la primera línea, borro. Verlo escrito me araña. Existen palabras que caen a plomo sobre el papel, palabras-náusea, palabras-costra.
En aquel
entonces (yo tenía unos once o doce años cuando comenzó), nadie hubiera
adivinado en mí el trazo de lo imborrable. Pensamos que los niños siempre dicen
la verdad, que son transparentes, pero lo cierto es que algunos, en la
infancia, hemos sido expertos en camuflaje. Un perfecto disfraz consiste en
sacar buenas notas en el colegio. Obedecer, portarse bien. Si no alteras a
nadie, si cumples con la parte que te han asignado en el contrato civil de ser
niño o niña, no hay razón para sospechar que algo escabroso está llenando de
mugre una parcela de tu vida.
Pasaron seis años antes de que yo me atreviera a confesarle a un adulto mi
secreto más horrendo. Para entonces, el culpable ya estaba muerto. (Haberme
alegrado de su muerte también había sido un secreto inconfesable). Callas por
vergüenza, por culpabilidad, por miedo a causar sufrimiento.
Todos miramos el mundo a través del filtro de nuestra biografía. Por mi mundo, cada día, desfilan decenas de menores. Cada uno, cada una, lleva dentro de sí otro mundo.
El Consejo de Europa estima que uno de cada cinco menores sufre algún tipo de violencia sexual. Esto incluye los tocamientos, la violación, el acoso sexual, el exhibicionismo, la explotación en la prostitución y la pornografía, la violencia sexual en línea y el chantaje sexual. Uno de cada cinco. De ellos, entre el setenta y el ochenta y cinco por ciento conocen a sus agresores; aproximadamente la mitad, según datos de Save the children y del Consejo General del Poder Judicial, son miembros de su familia.
Una de cada tres víctimas no lo contará nunca.
Cierro los ojos y pienso en mi lugar de trabajo. Para un instituto de mil alumnos, eso equivaldría a doscientas víctimas. Habrá quien piense que exagero, que las cifras europeas están infladas; muy bien, cierra los ojos y piensa que son solo la mitad. Cien. Necesitas cuatro aulas para meterlos a todos. Dónde están. Quiénes son.
Intento pensar que mi propia experiencia me hará detectar el problema, que sabré ver los síntomas, pero me equivoco. Precisamente mi propia experiencia me dice que incluso esto puede pasar inadvertido. Si en aquel entonces alguien hubiese llamado a mis padres, la respuesta habría sido que todo estaba bien en casa. De todas formas, ¿por qué iban a llamar? Al fin y al cabo, yo sacaba buenas notas y no daba guerra en clase.
Por suerte para mí (hay unas cuantas horas de terapia y de euros invertidos en esa suerte), mi recuerdo imborrable está acartonado y cubierto de una pátina que lo fija en la imagen, casi siempre estática. Es imborrable, pero he conseguido momificarlo; pocas veces me amenaza ya con volver a la vida en forma de zombi.
Aun así, en ocasiones –por ejemplo, en el transcurso silencioso de un examen– me invade la tristeza pensando que de todos esos chicos y chicas para los que trabajo este año, según los cálculos del Consejo de Europa, hay más de veinte que día tras día están callando su recuerdo imborrable. Llámame exagerada, dime si quieres que son solo diez. Nunca el adverbio solo me pareció un paisaje tan árido. ¿O era un adjetivo?
La carne de gallina....en tan pocas palabras, tanto sufrimiento, tantas criaturas. Grande, Elisa. Grandísima escritora.
ResponderEliminarMuchas gracias ❤️
Eliminar