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Nochevieja por todo lo alto

 Para mí la Nochevieja tiene el color y la textura de un viejo chándal gris desvaído. En casa de mi madre. Sin banquetes pantagruélicos ni tacones ni raso ni borrachera ni trasnoche ni mantelería heredada ni turrones ni maquillaje ni copas finas ni pavo relleno ni algo rojo ni peluquería ni teléfono a las doce ni joyas ni tíos ni primos ni discusiones ni gritos ni alcohólicos violentos ni conversaciones secretas en la cocina ni insultos ni cuánto nos queremos una vez al año. Mi madre y yo solas en su casa. Riéndonos de chistes malos en el sofá raído. Yo, en vaqueros. Ella, con el viejo chándal gris desvaído. Cuánto no daría por poder volver a celebrar la Nochevieja                            así,                                  por todo lo alto. (Fragmento de mi novela La calle donde moriremos )

Doña Inés y el becerro

  Les cuento a mis alumnos la historia del Tenorio. Nos paramos a pensar en el dudoso orgullo de doña Inés, que parece haber venido al mundo para salvar al canalla. La chica dulce que redime al atractivo malote (en este caso, asesino y violador). Ese cuento que tantas veces nos creemos , ¿verdad? Veo entonces cómo pasan por sus mentes adolescentes las tramas de películas y novelas juveniles mainstream en pleno 2024. Y les hago una confesión (nunca prestan más atención que cuando les cuentas algún detalle, por mínimo que sea, de tu vida privada): Y o también me lo creí. Quinceañera responsable, estudiosa, cómo no iba a colgarme por el repetidor de la clase, que tenía una moto y un todo me resbala por santo y seña. Ni siquiera era guapo. Su único atractivo era una supuesta rebeldía en realidad muy poco interesante y que (ahora lo sé) solo era el torpe disfraz de todas sus inseguridades. Las mías son evidentes a la luz de este relato. Su apodo significaba -me acabo de enterar, bend...

Tutoría

  Está repitiendo curso por segunda vez y le han quedado tres. Soy muy vago, me dice. También me dice que no tiene tiempo de estudiar. Trabaja el fin de semana y de lunes a viernes tiene que ocuparse de muchas cosas en casa. Cuáles. Hacer la compra, la comida, estar con mi madre. No quiero que lo haga todo ella sola. Me callo, cómo no callarme. Tu padre trabaja fuera de casa, claro. Da igual. Cuando vuelve de trabajar se queda sentado en el sofá, el fin de semana no trabaja pero es como si no estuviera. Nunca he tenido una conversación con mi padre, me dice. No sé cómo es. Antes no vivíais juntos. Sí, siempre ha estado en casa, pero nunca he hablado con él; ya me entiendes, hablar, hablar. Mejor no tener broncas. Broncas por qué, contigo. Con quien sea, por cualquier cosa. Si no le gusta algo, si no tiene lo que él quiere. Así que mejor no hablar. Tienes alguien con quien compartir esto. Sí, mi hermana. Pero ya no vive en casa. Por eso te digo: no quiero que mi madre esté sol...

Ni siquiera tienes nombre

  Yo no quería ir a aquella boda. Odiaba la ropa que tenía que ponerme y, sobre todo, el lazo. No conocía a los novios ni a ningún miembro de su familia. Pero no podía elegir. Es lo que tiene no haber cumplido aún los diez años. Mi hermano era demasiado mayor para jugar conmigo, así que me esperaba un día aburrido hasta la angustia entre tacones y corbatas. El lazo, mustio, me picaba en la cabeza. Pero sucedió la magia: aparte del lazo, mi único recuerdo de aquel día es una niña de tez tostada que emergió, aburrida y sola como yo, de alguna mesa familiar con apellidos distintos a los míos. Puede que lo nuestro fuera un flechazo o simplemente la única salida, pero lo cierto es que después de saludarnos, el mundo desapareció a nuestro alrededor. Ahora es cuando sonreís un poquito condescendientes, porque ya se sabe que los críos acaban juntándose a jugar en cualquier circunstancia (¿a qué edad dejamos de hacer eso?) Pero no me banalicéis la memoria de aquella niña, por favor. Por...

Imposible abrazarse

  La semana pasada me vi inmersa en una sima de trabajo temible como un agujero negro. No me pilló del todo desprevenida, así que me había preparado mentalmente para ello. Lo que no sabía era que mi cuerpo, mi piel, no habían hecho el mismo entrenamiento. Pronto me di cuenta de que tenía una respiración de corto alcance y que el pecho se me hundía dos centímetros por debajo de su altura habitual, bajo el peso oscuro de una inmensa bola de osmio. De noche, a los pocos minutos de conciliar el sueño, me despertaba con el sobresalto de la presa cuando acaba de descubrir al tigre que la acecha entre la maleza. Creo que en el mundo científico se llama estrés. Una compañera me apretó afectuosamente la mano. No sabe ella, que probablemente esté leyendo esto, cuánta calidez pasó de su mano a mi torrente sanguíneo. Pero yo necesitaba un abrazo. Por motivos que no vienen al caso, no me encontraría con mi pareja hasta el viernes. Tengo la suerte de trabajar en un entorno amigo, todos los d...

Rima conmigo

Érase una vez una acuarela: una joven de abrigo verde sentada sobre una abollada maleta azul; la larga melena oculta su rostro. ¿La artista? Simplemente otra joven que, mientras tomaba cervezas en un bar de Lavapiés, hace ya más de veinte años, le contaba al camarero lo difícil que es ganarse la vida vendiendo acuarelas. Un buen día, el camarero, supongo que movido por la empatía de los hosteleros más compasivos, decidió comprar una de sus obras. De entre todas las que vio, escogió la de una joven triste de rostro oculto sobre una maleta cian. Y se la regaló a su novia. Aquí es donde entro yo en el relato. La pintura hablaba casi en un susurro, no me era fácil saber lo que me contaba. Pero era delicada. Triste y sensible como un secreto.  La colgamos en mi lado de la habitación, es decir, el lado de mis sueños. Supongo que toda pareja reparte los hemisferios de un dormitorio guiada por el espacio desde el que cada uno encara la noche. Ciertos meses después, el cuadro viajaba en una...

Ahí va la loca

  Me gustan los avances (o tráileres) de las películas. En los peores casos, a veces me gustan incluso más que las películas mismas. El otro día fui al cine; junto a mí, dos señoras perfectamente enlacadas conversaban copiosamente antes de que se apagaran las luces. Continuaron con el mismo trasiego verbal al comenzar los avances, de modo que esbocé un tímido Sshh . Sin resultado, me atreví con otro Sssshhh algunos minutos después, mientras pensaba en que la mala educación no entiende de edades. En vista de que tampoco funcionaba el segundo siseo, les rogué amablemente que dejaran de hablar. Una de las señoras, haciéndome pasar por lerda integral, me explicó que la película aún no había empezado. Lo sé, pero esto también nos interesa, respondí . A los pocos segundos, la pantalla intercaló entre tráiler y tráiler un anuncio de chicles sin azúcar. ¡Huy, qué interesante es eso, ¿verdad? Interesantísimo!, le dijo la vecina verborreica a su compañera, dos octavas por encima de...