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Los infalibles

  Hechos Una compañera ─ coincido con ella tomando café ─ me pregunta por mis tutorandos de 4º de ESO y sus intenciones al terminar el curso. Ella lo tiene muy claro: ─ El consejo orientador debería ser determinante: para que un alumno pudiera cursar Bachillerato, debería estar de acuerdo el conjunto de sus profesores de 4º; que NUESTRA opinión tuviese el peso decisivo para que pudieran matricularse. Noto que ella usa la primera persona en mayúsculas y que a mí se me eriza todo el vello que cargo sin depilar, que se me crispa el alma debajo de la piel. Hago un par de respiraciones profundas antes de responder. Hechos Hace unas semanas pasé una velada preciosa con mi amiga M., profesora de Física y Química en un instituto de secundaria en el que se esfuerza por sacar adelante a un alumnado especialmente vulnerable. Durante años dedicó también mucho tiempo y energía a impartir clases en una academia para universitarios que necesitaban un extra de trabajo. A lo largo de s...

Vacaciones perfectas

Son ocho alumnos y una alumna de 2º de ESO. Arrastran un fracaso escolar digno de mejor nombre. Les pido que describan sus vacaciones perfectas con unas pocas condiciones: pueden teletransportarse y no hay límite de dinero. Les digo esto porque me da miedo que sus vacaciones perfectas consistan en estar encerrados en su habitación jugando a la Play. Además, deben escribir el texto en futuro; ejemplifico en la pizarra: iré, haré… Lo primero que me llama la atención es su resistencia a encajar esto último. La mayoría se agarran al condicional ─ irían, harían ─ ; supongo que a todos nos cuesta creer que lograremos las vacaciones perfectas. Pero a unos más a que a otros. Les insisto para que corrijan el tiempo verbal: quiero que se visualicen en la mejor de sus semanas santas con la contundencia de los hechos. No se me ocurre nada , repiten durante los primeros minutos. Pero después escriben. Y sus textos me dejan un sabor agridulce horas antes de hacer mis propias maletas. Hay inesperada...

La salamanquesa

  Volvía a casa después de mi clase de pilates. Al salir del coche, por primera vez en muchas semanas, no sentí frío en el espinazo ni tuve que sortear charcos. Miré al cielo, despejado por fin, y me detuve a observar un incipiente amago de luna. Pararse así unos minutos en la penumbra de la noche sin que la espalda se contraiga aterida bajo el abrigo es uno de esos placeres que solo pueden disfrutarse la mitad del año. Por fin estábamos ahí, había llegado la primavera. Sin proponérmelo, acudieron a mi mente como una melodía las tardes largas de luz, el olor del jazmín, las noches veraniegas, las cenas al aire libre y mi querida, mi pequeña salamanquesa trepadora. Cuando vine a vivir al campo, hace ahora trece años, era incapaz de distinguir un fresno de una encina . No es que ahora sepa mucho más, pero al menos no comparo cualquier árbol con un semáforo. La primera noche que pasamos en nuestra nueva — y anciana — casa, mi pareja y yo dormimos en unas esteras tiradas en el ...

Pilar

  Se llamaba Pilar. Era pequeñita y vivaz. Apasionada de lo suyo. Cuando estudié COU no era posible cursar Latín, Griego e Historia del arte a la vez. Gloriosa coyuntura perpetrada por algún experto en planes educativos; había que descartar una. Con cierta pena renuncié al poco griego que había aprendido en un único curso, apostando por la Historia del arte al tiempo que me cambiaba de instituto y empezaba el Curso de Orientación Universitaria en el turno nocturno del IES Cervantes, por razones que no vienen al caso. Y conocí a Pilar, La Profesora de Arte. Si os estáis imaginando a Julia Roberts en La sonrisa de Mona Lisa , apartad esa imagen de vuestra mente para seguir este relato. Pilar era pequeñita y de aspecto más o menos anodino. Llevaba jerséis de punto con cuello de caja, faldas amplias de colores neutros y planas manoletinas negras. Nada que ver con los rizos y la boca más sensuales de Hollywood. Pero cuando las luces se apagaban y Pilar empezaba a explicar las d...

"A mí no me va a dar tiempo"

  Tiene aproximadamente diez centímetros de ancho por siete de largo y uno y medio de alto. Es negro, plano, compacto. Un amigo me dijo, riéndose de mi anacronismo, que probablemente era la única persona que aún usaba un disco duro externo. Pero cuando mi ordenador decidió que necesitaba pasar por una ITV profunda, me compré el cacharro para asegurarme de que no perdía nada de valor cuando un experto informático le abriera las tripas a mi viejo portátil. No me habléis de la nube, por favor. Cuando las nubes llevan la firma de Google solo me producen escalofríos. Finalmente tuve que cambiar de ordenador, pero lo tenía todo a salvo en mi pequeño disco duro externo. Casi podía mirar a mi amigo con condescendencia y reírme yo. Hace meses que uso mi nuevo PC, pero aún no he traspasado todos los documentos e imágenes desde el salvavidas. Me pongo a ello y decido que es un buen momento para hacer limpieza. Tengo tantas fotos prescindibles, que no sé por dónde empezar. Sabes a qué me re...

Agua

  Iba a la cocina para abrirme la cervecita de los viernes por la noche. Acababa de adentrarme en las densidades argumentativas de una filósofa que cuestiona las teorías de la psicología evolutiva según las cuales el altruismo no existe porque nuestros genes son egoístas. Necesitaba una pausa. Antes de abrir la nevera (justo antes, ese instante en que tomas una decisión, ese hito temporal en el que todo podría haber sido distinto) decidí comprobar la presión de la caldera, que a veces se pone mohína y baja más de lo que debe. Oh. Oh. Estaba en la zona roja de baja presión. Sé que hay que girar la palomilla negra. Sé que hay que meter presión poco a poco. Lo sé. Pero nunca antes me había visto en números rojos, y me asusté como si la casa entera pudiera desplomarse sobre mi torpe cabeza. Así que giré al máximo la palomilla negra. Ay, la polisemia. Cuando quise cerrarla, ya era demasiado tarde. La presión había superado el límite de seguridad y la caldera empezó a soltar una cata...

Viernes, última hora

  Principios de febrero. Viernes, última hora de la mañana. Hace frío y un cielo de acero parece a punto de romperse. Falta un profesor y me toca quedarme de guardia con un pequeño grupo de seis alumnos de trece años. Pongamos que son Ileana, Li Jie, Fátima, Said, Asier y Zoe. Ponnos una peli, profe . Como soy una nostálgica y a veces funciona, les pregunto si han visto E.T . La mitad la han visto ya y, antes de que me dé cuenta, le han hecho un resumen casi perfecto del argumento a la otra mitad. Es un extraterrestre que se despista, se hace amigo de un niño y van volando en bicicleta hasta que lo devuelven a su planeta. Miro a Zoe impresionada por su capacidad de síntesis. Me acuerdo entonces de algunos cortometrajes guardados en una lista de Youtube a la que bien podría etiquetar como “Kit de supervivencia para la guardia de los viernes”. Les pongo Cocodrilo . Si no lo habéis visto, os animo a hacerlo ahora. Son apenas cinco minutos, el resto de mi historia puede esperar. El c...